Reflexiones postergadas

Por Venezuela Real - 31 de Agosto, 2008, 13:45, Categoría: Política Nacional

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacionanl
31 de agosto de 2008

Para entender a plenitud la lógica del proyecto político que dirige Hugo Rafael Chávez es necesario detectar el peso que han adquirido algunas ideas muy gruesas que el chavismo y su jefe manejan como certezas morales. Se trata de tesis de alguna manera decimonónicas que, si bien pudieron haber sido innovadoras en su momento de gestación, largos años de aplicación en los llamados "socialismos realmente existentes" –el bloque soviético, China y Cuba, entre otros experimentos del siglo XX– han demostrado que, por el contrario, son creencias ciegas que aplicadas por la fuerza pueden terminar creando sociedades tan o incluso más injustas y empobrecidas que las que se querían transformar.

Pongamos por caso el tema estratégico del estatismo. Ya sabemos que la pequeña élite cívico-militar que hoy nos gobierna no debate, asiente.

Y, en consecuencia, que muchos de los razonamiento lógicos que animan la gestión de gobierno son más principios morales aceptados como dogmas que certeras estrategias de desarrollo humano.

En la mezcla de cristianismo primitivo, marxismo, mitología revolucionaria hippie-guevarista, salpicada de alucinación bolivariana, el peligroso cóctel ideológico que anima a El Único, la idea de que el Estado es la alternativa a mano para corregir las injusticias que generan la propiedad privada y el lucro emerge como una certeza indiscutible.

Se olvida así por lo menos dos cosas que han sido suficientemente reflexionadas por los teóricos de la democracia y la equidad, incluyendo el pensamiento de izquierda postsoviético. Primero, que además del mercado y sus instituciones, el Estado es también una poderosa fuente de opresión y de inequidades que puede conducir a sociedades despóticas y totalitarias como las de Europa bajo el fascismo, el estalinismo, el nazismo; y en América Latina, con las dictaduras militares.

Y segundo, que la propiedad por parte del Estado no garantiza la utilidad social de una red empresarial, no sólo porque las empresas estatales al no guiarse exclusivamente por la lógica de la máxima ganancia tienden a ser menos competitivas y empobrecen a la sociedad en su conjunto, sino porque una economía en la que predomine la propiedad estatal sobre otras formas de propiedad somete a los ciudadanos a la discrecionalidad gubernamental-estatal y a la casta que las dirige, incluso en sus opciones laborales, y debilita la necesaria existencia de disidencia, oposición y pluralidad política. Es un problema de equilibrio y contrapesos.

Basta echar una mirada al mundo contemporáneo, sin prejuicios sectarios, para entender que las sociedades donde hay más equidad, menos diferencias de clases, y Estados y gobiernos más responsables con la calidad de vida de sus pobladores –pensemos en Canadá, Noruega, Suecia, Finlandia– no son precisamente sociedades estatistas sino economías prósperas sustentadas en el equilibrio entre la libre iniciativa privada, signada por la responsabilidad social, y Estados poderosos y exigentes que permanentemente realizan los ajustes que garantizan condiciones de vida satisfactorias para todos.

Y, a contracorriente, tal y como está ocurriendo en Cuba con la liberalización, casi 50 años después, del derecho de cultivar y comercializar vegetales de manera privada, que los países en donde el Estado controló toda la economía se generó empobrecimiento y escasez toda vez que la iniciativa individual no tenía ninguna motivación para ser productiva y emprender nuevas empresas.

La élite cívico-militar debería tomar precauciones. El intento de controlar la sociedad ocupando además del aparato político el aparato productivo puede ser una arma de doble filo que puede empobrecer más aún a la ya empobrecida e inflacionaria economía monoproductiva venezolana y llevarnos por caminos que en un futuro de precios petroleros bajos signifique un cementerio de empresas estatales.

No es la primera, ni será la última vez, ¿quién se acuerda de Carlos Andrés Pérez I?, que la ola estatizadora se convierte en euforia en un país latinoamericano. Luego vienen las resacas y los ciclos privatizadores que también con euforia hemos vivido. Y el volver a empezar. A costos muy altos para todos.

Como si no pudiésemos aprender. Como si ensayo y error fuera la única técnica de gobierno posible entre nosotros.





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