La Bolívar vibró en la sala más importante del mundo

Por Venezuela Real - 3 de Septiembre, 2008, 10:59, Categoría: Cultura e Ideas

CARMELA LONGO 
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03 de septiembre de 2008

Por primera vez Dudamel salió al escenario sin sus músicos 

Berlín. "Llorarás y llorarás sin nadie que te consuele...". Este y otros temas de la legendaria Dimensión Latina sonaban en su Ipod. No fue hace años, sino ayer por la tarde, pocos minutos antes de montarse en el podio de la sala musical más importante del mundo. Se acabó la selección de temas de la orquesta salsera y, entonces, el mismo aparato empezó a sonar boleros de Tito Rodríguez.

Cuando se terminó Inolvidable, comenzó a ponerse su levita y a acomodarse los rulos. Le dio un beso a Eloísa, su esposa, y tras los aplausos del gentío que plenó la sala de la Filarmónica de Berlín, el concertino de la orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar (Sjvsb), Alejandro Carreño, salió a escena para marcar los primeros compases de La consagra ción de la primavera, de Igor Strawinsky.

Dos horas después, Gustavo Dudamel tuvo que salir otra vez a la misma tarima, cuando ya los muchachos de su formación la habían abandonado porque el concierto había concluido. A mucho público no le importó que las luces, las puertas y la ausencia de músicos les decían que se fueran a sus casas. De pie, aplaudían pidiendo la presencia del director venezolano. Él, con su carisma y sencillez característicos, los complació.

Todo un éxito resultó "la noche de anoche" para la representación venezolana que por cuarta vez se presentó en la sede de la Filarmónica de Berlín. La misma que en el pasado aplaudió a Von Karajan y más recientemente a consagrados directores como Claudio Abaddo y Simon Rattle, ayer lo hizo con los venezolanos. Una fuerta ovación se escuchó cuando concluyó la primera parte. Dos veces salió Dudamel a agradecer el gesto.

Un corto receso preparó la escena para escuchar en la bellísima sala la Sinfonía N° 5 de Peter Tschaikovsky. Dudamel supo sacarle el jugo no sólo a los instrumentos que tenía ante sí, sino también a los silencios propios que marca la pieza. Gracias a la perfecta acústica del recinto, el público permaneció atento a todo cuanto pasaba en el escenario.

Sonaron fuertes los aplausos cuando concluyó la pieza. Tras dos salidas de agradecimiento, una anfitriona se acercó a Dudamel para entregarle un ramo de rosas. La gente seguía de pie aplaudiendo. Él tomaba una flor y, según caminaba hacia el backstage, se la daba a la chica de la orquesta que se conseguía a su paso.

El Mambo de Bernstein, Malambo de Ginestera y La marcha de Radenski de Strauss concluyeron la jornada. En la última de las interpretaciones, Dudamel incorporó al público, al que dirigió controlando la intensidad de sus aplausos.

Finalizada la jornada, los muchachos salieron y la gente siguió aplaudiendo. Dudamel estaba tras bastidores firmando autógrafos y saludando gente. Su mánager le decía que debían irse hasta que se dio cuenta de lo que pasaba en la sala.

"¿Siguen aplaudiendo?", preguntó y rápidamente salió a saludar. Sólo así fue como lo dejaron irse a su camerino para atender a invitados y a seguir escuchando El frutero...
 
SENTIMIENTO NACIONAL

"Yo no soy. Son ellos (los músicos). Esto (dijo moviendo su mano) no suena". Así respondió Dudamel a un amigo cuando lo felicitaba. Un bululú se armó camino a su camerino. Un gentío pidiendo autógrafos en la tradición de un ídolo pop.

Él, feliz. Más tranquilo, el larense dijo que nunca antes había tenido que salir a escena a agradecer al público cuando ya los atrileros hacían su trabajo.

"Fue algo muy emocionante ese gesto de la gente. Me sentí muy feliz, porque esta es la sala de los grandes...y hoy estuvimos nosotros".





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