Pena de muerte

Por Venezuela Real - 3 de Septiembre, 2008, 10:49, Categoría: Derechos Humanos

LUIS LOZADA SOUCRE
TalCual
03 de septiembre de 2008

Nuevamente se consumó la pena de muerte en una cárcel venezolana. Fueron 13 los ejecutados en Sabaneta, dentro de ese horror dantesco que vive el sistema penitenciario. Los reclusos estallaron al unísono de tres granadas fragmentarias, estrenando una inédita manera de morir en reclusión y reiterando la cruda realidad de que en esos recintos la vida vale menos que nada.

Lo han dicho hasta la saciedad, lo han gritado hasta quedarse afónicos, lo han denunciado hasta convertir la denuncia en inocuo lugar común de la resignación y desesperanza. Nadie parece oír al Observatorio Nacional de Prisiones, cuyas protestas habitan las competencias oficiales de la nada, de lo ignoto, de lo inexistente: las cárceles venezolanas son reclusorios para sucumbir extrajudicialmente a la ignominia de una muerte anunciada y expedita. Todo es cuestión de tiempo, para algunos lenta; para otros, fatalmente prematura, inesperada, fortuita.

Ghettos custodiados por una gendarmería curtida en la corrupción, donde se comercia con las necesidades básicas, con los vicios y miserias humanas. Campos de exterminio, administrados por hombres y mujeres –armas letales para la rectificación y supervivencia– endurecidos por el espanto del ejercicio cotidiano. Campos de batalla entre bandas entrenadas para vivir o morir, como opciones excluyentes. Alma mater de la delincuencia profesionalizada para ambas partes: reclusos y custodios.

La sociedad libre sufre también en carne propia la pasmosa realidad que circunda la vida oculta tras las rejas de las prisiones venezolanas, cuando padres, hermanos, hijos y gente solidaria, deben asumir el sacrosanto reto de ir al encuentro de sus familiares recluidos y deben pasar por los procedimientos afrentosos, inhumanos y soeces de las requisas, como si nadie en este país supiera que el tráfico ilegal se consuma en absoluta complicidad desde las entrañas mismas del monstruo burocrático que gerencia esos recintos del deshonor y la pillería, donde hasta un espacio para dormir y una barra de jabón son objeto del más vil de los comercios.

Nada es capaz de tipificar mejor a un gobierno que la calidad de vida de sus reclusos. Las variables de compromiso y decencia se debaten entre el respeto o no de sus derechos humanos. Dentro de ellos todo, fuera de ellos nada. Sutil frontera que separa a las naciones desarrolladas de la barbarie. Por ello, Venezuela se entroniza cada vez más y con mayor propiedad ante el mundo civilizado, como un país fiero, cruel y salvaje, incapaz de impedir que en sus penales se ejecute impune y extrajudicialmente la pena de muerte





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