Venezuela canta: abajo cadenas

Por Venezuela Real - 12 de Septiembre, 2008, 13:02, Categoría: Política Nacional

Juan Carlos Sosa Azpúrua
El Universal
12 de septiembre de 2008

Cualquier área con capacidad de generar riqueza fue penetrada por los brazos del petroestado

Venezuela necesita a sus mejores hijos en esta hora sin luz. Hoy atravesamos un desierto poblado de cadáveres, pero no siempre ha sido así y no tiene el porqué seguir siendo de esa manera. Fuimos herederos del futuro cuando el resto de la humanidad se debatía sobre cuestiones elementales como la igualdad de derechos entre los seres humanos. No fuimos colonia. A diferencia de la India o de África, aquí surgió algo único cuando nuestra tierra fue poblada por España. Nació de la fusión de tantas razas y culturas una especie humana nueva, por cuya sangre corre la historia completa del planeta.

Los españoles traían consigo siglos de mezclas raciales y culturales que, al unirse nuevamente con la africana y quizás, por primera vez en milenios, con la india, dio como resultado lo que tan hermosamente recibió la denominación de "raza cósmica", el hombre del mundo, alguien de aquí y de cualquier otra parte.

Durante tres siglos, hasta la fractura ocasionada por la guerra civil, Venezuela fue cuna de luminarias de talento universal. Esta tierra parió a Andrés Bello, Francisco de Miranda, Luisa Cáceres de Arismendi, Juan Pedro López, Simón Bolívar, José Félix Sosa, José Rafael Revenga, Rafael Urdaneta, Antonio José de Sucre, José María Vargas y a tantos más que sería odioso continuar por el muy probable error de dejar a cientos fuera de la lista.

Camino de la libertad La Guerra Civil, que a todo efecto práctico comenzó con lo que se denominó "Guerra de la Independencia", se precipitó en cortar el cordón umbilical a una nación que apenas comenzaba a darse sus instituciones. Un siglo completo transcurrió antes de que nuestro país reiniciara el camino de la libertad. Se habla mucho de las guerras europeas y hasta de la civil estadounidense, pero se olvida que Venezuela perdió el siglo XIX en combates sanguinarios que borraron a prácticamente toda la población ilustrada, no dejando piedra sobre piedra, fulminando la estructura sociológica, destruyendo la moral y apagándole la luz a la idea del porvenir. Pero de largas dictaduras y procesos traumáticos, surgió una generación de hombres con el talante necesario para sacar a Venezuela de las sombras, rescatando el destino que nuestro origen cósmico nos regaló.

Con el petróleo como llave económica, comenzaron a abrirse las puertas de una nación donde la historia podía volverse a escribir, valiéndose de la sabiduría que dan las tragedias y del fuego existencial que calienta las almas de aquellos que entienden que solamente la libertad nos hace hombres.

Fuimos aliados de la civilización occidental y juntos derrotamos la barbarie, cuando los nazis fueron fulminados, tuvimos el derecho ganado de celebrar, abrazándonos a la cultura del progreso, siendo concientes de la responsabilidad que teníamos en contribuir a la causa de la humanidad, en trabajar en la reconstrucción del planeta con la libertad como maestro de obras. Dimos la espalda a Stalin y sus acólitos, mientras impulsábamos políticas para darle cobijo a todos los que huyeran de la esclavitud que imponían los sistemas dictatoriales, que tercamente insistían en seguir respirando. Italianos, españoles, yugoslavos, checos, polacos, húngaros, portugueses y muchos más vieron en Venezuela la estatua de la libertad, se aferraron a nuestra nación como el naufrago a la balsa, trajeron consigo sus tragedias con la esperanza de transformarlas en pasado y nacer en el presente como hombres libres, capaces de reinventarse y ser el ave Fénix con un porvenir de prosperidad.

Nación brillante Venezuela se alimentó de todas esas culturas, nuestra naturaleza cósmica se elevó a alturas superiores, impulsando un proceso socioeconómico que permitió una recuperación moral sorprendente por su velocidad y calidad. Venezuela volvió a ser la cuna de luminarias de talla universal. Personajes como Betancourt, Villalba, Carlos Raúl Villanueva, Gallegos, Arturo Uslar Pietri, Gumersindo Torres, Pérez Alfonso, Simón Alberto Consalvi, Andrés Mata, Miguel Otero Silva, Arnoldo Gabaldón, Manuel Cabré, José Ignacio Cabrujas, Carlos Cruz Diez, Jesús Soto, Juan Liscano, Sofía Imber, y miles de nombres que no tengo espacio para nombrar, surgieron de esa Venezuela que se asomaba al mundo con un rostro atractivo y brillante, lista para conquistar un espacio de lujo que inspirara al resto de la humanidad.

Desde los años cuarenta y hasta los setenta, experimentamos un crecimiento económico sostenido que fue la envidia del planeta, éramos el plato más apetecido de la mesa mundial. De las cenizas volamos como Fénix y conquistamos la cumbre del Everest. Una población joven y vibrante dio como resultado un país de gente trabajadora y culta, con la posibilidad de competir como igual en cualquier terreno laboral, académico y artístico. Pero nuevamente apareció un obstáculo mayúsculo en nuestro trayecto espectacular.

Vimos que la guerra del siglo XIX apagó las luces de Venezuela. A partir de los años treinta y hasta los setenta del siglo XX hicimos de la oscuridad un París en Suramérica, nos volvimos cosmopolitas y éramos felices, si entendemos la felicidad como la posibilidad real de ser todo aquello que deseamos ser sin más limitaciones que los obstáculos que nosotros mismos nos pongamos.

Los nuevos petrodólares Pero en 1973 la serpiente sacó la cabeza de la cesta y nos mordió las venas con su veneno de facilismo e inmoralidad. Envenenados con los nuevos petrodólares, nos metimos en un casino y nos jugamos todo lo que conquistamos tras años de trabajo y temple. En ese casino del destino murió la sociedad venezolana y lo que salió de allí fue un monstruo alimentado de sus vísceras.

El petroestado, inmenso pulpo de tentáculos infinitos, se lo chupó todo. Cualquier área con capacidad de generar riqueza era penetrada por los brazos babosos de este bicho mortal. Todo aquel que desease producir dinero de verdad, tenía que salpicarse de la baba y los olores del gigante petrolero de las cinco colas, ocho ojos y miles de colmillos afilados. El que al monstruo tocaba en monstruo se convertía, atrapado en una telaraña imposible de clientelismo y corrupción. La moral y las buenas costumbres se escupían como sangre, y a la víctima solamente el signo del dólar le quedaba como aliento.

El petroestado se comió veinte años de nuestra historia y cansado de devorar a un país entero expulsó de su sistema digestivo tanques y balas que coparon la nueva escena venezolana. El humo de esas balas, y el olor de los cadáveres que las mismas produjeron, contaminaron el aire de nuestra nación.

Llevamos quince años respirando gases tóxicos y estamos muy envenados. Pero la historia de Venezuela es una épica heroica, donde fuimos libres y dignos, éramos el ejemplo del mundo y no lo sabíamos. La raza cósmica fuimos y seguimos siendo& aunque lo hayamos olvidado. Y ser cósmicos como nosotros lleva en su entraña la clave del enigma, la llave que nos puede sacar del infierno, el viento que dará vuelo a nuestras alas.

Los venezolanos somos hijos del ave Fénix, en nuestro ser abrigamos el código genético de quienes resucitan, podemos volver a ser libres aunque hoy seamos esclavos. Y es con esa memoria de nuestra grandeza que tenemos el deber de confrontar el presente, porque podemos hacerlo. Es tiempo de recuperar nuestra libertad, las cadenas se pueden romper, no en vano nuestro himno así lo canta: "abajo cadenas".





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