Ese ¡pun! no va al paisaje.

Por Venezuela Real - 14 de Septiembre, 2008, 14:08, Categoría: Política Nacional

ALBERTO BARRERA TYSZKA
El Nacional
14 de septiembre de 2008

Está dirigido a nosotros, a todos los venezolanos ¿A quién carajo le parece divertida una guerra?

Cuando el Presidente de mi país bromea diciendo que, al ir a Cuba en un avión Sukhoi, pasará "rozando Miami", se me cuela adentro una melancolía enorme, espesa. No me hace ninguna gracia el comentario.

No me dan risa las maniobras militares rusas. Como tampoco me parecen jocosos los movimientos de la Armada estadounidense en las aguas del Caribe. Cuando el presidente Chávez hace algún chiste con misiles, cuando pretende convocar risotadas a cuenta de hundir submarinos y atacar portaaviones, yo sólo siento un vacío, sólo tengo ganas de salir corriendo a abrazar a mis hijas. ¿Cómo a alguien le puede parecer divertida una guerra? En ese testimonio narrativo colosal llamado Vida y des tino, Vasili Grossman ofrece uno de los retratos más brutales que se han escrito sobre la guerra: esa noria avasallante, voraz, desbordada, sin otra lógica que la destrucción. En las múltiples historias que van tejiendo la novela, respira siempre una misma reiteración: la gente no necesita la guerra.

No la busca. No la desea. Los Estados, sí. Ahí se organizan las masas, las batallas. Desde ahí se distribuye esa locura que convierte en víctimas incluso a sus propios militantes. Se trata –según afirma Grossman– de un "éxtasis ante su propia superioridad.

El Estado genial, sin defectos, que menosprecia a todos los que no se le parecen".

¿Hace cuánto ya que nos acostumbramos a vivir así? La amenaza bélica, entre nosotros, es tan común como los reinados de belleza. La guerra se apropió primero del lenguaje y, desde entonces, habita entre nosotros. Salta en nuestras lenguas, da vueltas en nuestros oídos, ocupa todos los lugares. Suena. El lenguaje también es una estadística. Desde hace tiempo, matar y morir son verbos mucho más frecuentes entre nosotros. La épica que no existe en la historia ya está instalada en las palabras. Poco a poco, el nuevo Estado nos ha impuesto su lenguaje militar.

Todo parece formar parte de un dispositivo perverso que lentamente ha involucrado a la sociedad. No hay manera de escapar. Vivimos entre minas.

Todo el tiempo alerta. Nada es confiable. Nada es totalmente realidad o fantasía. ¿Trataron o no trataron de matar a Chávez alguna vez? ¿Lo están intentado todavía? ¿Qué pasó con nuestra relación con las FARC? ¿Los gringos, en realidad, están planeando una invasión? ¿Qué ocurrió en verdad el 11 de abril de 2002? ¿Cuántos cubanos hay en Venezuela? ¿La milicia es un ejército particular o una pandilla de inútiles mofletudos? ¿Cuántas armas hay ahora en el país? ¿Quién mató a Danilo Anderson?... No creas en nada. No confíes en nadie. Nada es verdad. Ni siquiera los muertos.

Tanta incertidumbre, sin duda, tiene mucho de clima bélico. Así estamos. Aun en esta nueva bonanza petrolera, en este revival bolivariano de la Venezuela saudita del primer Carlos Andrés Pérez.

No importa. Aun en medio de esta fiesta, los mensajes sociales que se proponen legitiman cada vez más la violencia. La derecha radical busca, a tientas, una gesta infame, cree todavía que con un solo golpe se cosen los agujeros de la historia.

El presidente Chávez, por su lado, insiste en la promoción de un sentido militar que se imponga sobre la vida civil, incluso política. "Pulverícenlo", le ordenó a su hermano, en un acto esta semana, aludiendo a un candidato de la oposición en el estado Barinas.

Quien pondere toda esta situación y se asome a las cifras del gasto armamentista del Gobierno en los últimos años, tal vez concluya que, paradójicamente, a medida que avanza el siglo XXI, cada vez estamos más lejos del socialismo del siglo XXI. Es probable, además, que cada vez también estemos más lejos de los programas sociales, de la utopía de mejorar nuestra calidad de vida.

El Estado militar ocupa el horizonte.

Yo todavía recuerdo la imagen del Presidente de mi país con un fusil al hombro, bromeando, celebrando la compra del 100.000 fusiles rusos. Era un domingo, estaba feliz, en su programa semanal. "Gringo que se meta por una quebradita –dijo Chávez, sin soltar el arma, parodiando a un francotirador–: ¡Pun!", agregó sonriendo, acompañando con el gesto y la expresión el sonido de un balazo invisible dirigido hacia cualquier parte del paisaje. Tampoco entonces me pareció gracioso ese ¡pun! Tampoco ahora, cuando el Estado pretende participar de manera militar en los conflictos internacionales. La experiencia bélica cada vez es más acción, cada vez está más cerca. Ese ¡pun! no va al paisaje. Está dirigido a nosotros, a todos los venezolanos ¿A quién carajo le parece divertida una guerra?.






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