Ni yanquis ni chavistas, kirchneristas

Por Venezuela Real - 14 de Septiembre, 2008, 18:59, Categoría: Prensa Internacional

Mariano Grondona
La Nación - Argentina
14 de septiembre de 2008

La palabra "neutral" proviene del latín neuter , que significa "ni uno ni otro". Pero rara vez en la historia un país neutral ha estado exactamente a igual distancia del "uno" y del "otro". Rara vez la neutralidad es simétrica. Casi siempre esconde un sesgo en favor del "uno" o del "otro".

Así fue como en la primera parte de la Segunda Guerra Mundial, de 1939 a 1941, cuando ésta era todavía un conflicto entre europeos, la neutralidad argentina era secretamente aplaudida por la Gran Bretaña de Churchill porque gracias a ella nuestros barcos podían venderle alimentos sin ser torpedeados por los submarinos alemanes que perforaban el Atlántico. Pero la situación cambió a fines de 1941, cuando Japón atacó a los Estados Unidos en Pearl Harbor, convirtiendo una guerra hasta ese momento europea en una guerra verdaderamente mundial.

Desde ese momento, la neutralidad argentina fue resistida por los Estados Unidos, que requirieron la solidaridad de todo el continente americano, y nada pudieron hacer ni siquiera los ingleses para impedir que los norteamericanos nos forzaran a romper con Alemania, pese a que ella contaba con la simpatía de una Argentina militar donde, desde 1943, ya dominaba el "germanófilo" coronel Perón.

De esta manera, la neutralidad argentina en la Segunda Guerra Mundial adquirió sucesivamente un sesgo pro británico y un sesgo pro germano hasta que fue anulada por la presión norteamericana. Pese a que nos declaramos neutrales desde el comienzo hasta casi el fin de la conflagración, nunca pudimos ubicarnos a una distancia simétricamente igual del "uno" y del "otro", debido al oleaje impiadoso de las circunstancias.

No bien estalló la Guerra Fría en 1945 entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos y la Unión Soviética, Perón intentó por segunda vez la neutralidad detrás de su famoso lema "Ni yanquis ni marxistas, peronistas", pero tampoco dibujó una perfecta simetría entre el "uno" y el "otro". Es que Perón y el ejército argentino, como lo corroborarían los cruentos años setenta, eran profundamente anticomunistas. Y fue así cómo, mientras se mantenía a una considerable distancia de la Unión Soviética, su gobierno coqueteó con los Estados Unidos a un punto tal que, cuando fue derrocado en 1955, uno de los argumentos en su contra fue que le estaba entregando el petróleo de la Patagonia a una compañía nor- teamericana.

La tercera vez

La tercera ocasión para intentar la neutralidad se le presentó en 2003 al presidente Kirchner, cuando debió optar entre los Estados Unidos y Hugo Chávez. Otra vez, sin embargo, la perfecta neutralidad está probando ser elusiva. Quizás, en algún momento, los Kirchner soñaron restablecer el viejo eslogan de Perón bajo la nueva forma "Ni yanquis ni chavistas, kirchneristas", pero el fuerte oleaje de las circunstancias parece empujarlos cada vez más cerca de una orilla y más lejos de la otra.

En este tercer intento interviene, por lo pronto, una inclinación ideológica inversa a la que tenía Perón. Si éste era en el fondo más anticomunista que anticapitalista, con los Kirchner ocurre lo contrario con relación a Chávez. Ya desde el recordado encuentro de Mar del Plata, cuando el presidente Kirchner albergó a Chávez bajo las narices del presidente Bush, el kirchnerismo osciló en favor del chavismo. A la simpatía recíproca entre chavistas y kirchneristas, que se manifestaría una y otra vez en abundantes viajes presidenciales de y hacia Caracas, vino a sumarse casi de inmediato algo que Perón nunca había explorado con los soviéticos: la creciente dependencia financiera argentina de Venezuela, simultánea con el creciente aislamiento financiero argentino en los mercados occidentales.

Cuando asumió la presidencia la esposa de Kirchner, hubo algunos amagos de acercamiento con los Estados Unidos, pero ellos se frustraron rápidamente con el escándalo de la valija de Antonini Wilson, cuya sombría trayectoria se ventila ahora en los tribunales de la Florida. Después de haber declarado Cristina que el escándalo de la valija, que apunta cada día más al oscuro trámite de los apoyos financieros a su candidatura presidencial, era una "basura" cobijada por los servicios de inteligencia y el gobierno norteamericano, nuestro gobierno ya no sabe cómo contrarrestar las declaraciones de Antonini Wilson que, cuanto más se conocen, más lo comprometen.

Aleccionada por su propia manipulación del sistema judicial, lo que no parece admitir Cristina Kirchner es que el poder judicial en otros países puede ser efectivamente independiente, y por eso no puede ver en procesos judiciales como el de la Florida, que comprometen a su gestión, sino la acción política del Estado norteamericano. Por este camino, la presunta intención "neutral" del kirchnerismo entre Chávez y los Estados Unidos se vuelve cada día más improbable.

El chavismo

La preocupación de aquellos que querrían ver en gestos como la promesa de pago al Club de París indicios en sentido contrario, no deja de aumentar cuando advierten que Hugo Chávez no es simplemente otro antiimperialista más en la larga lista latinoamericana. Lo que hay en Chávez no es el simple rechazo del imperialismo norteamericano en América latina sino la negación de la identidad occidental de la región. Así se explica el acercamiento de Chávez a Irán, que es la verdadera usina del antioccidentalismo en el mundo. La tesis central de Chávez es, en tal sentido, que América latina no forma parte de Occidente.

Si bien la Rusia de Putin también desafía la influencia norteamericana, su hostilidad podría enmarcarse todavía en la lista de los conflictos "intraoccidentales" como el que mantuvieron y vienen de superar católicos, protestantes y judíos. La Rusia de Putin, que comulga con un capitalismo autoritario, aún está en el extremo de Occidente, pero podría instalarse en su centro no bien le devolvieran al menos en parte su pasado esplendor. Tal no es el caso de Irán y el fundamentalismo islámico, enemigo al mismo tiempo de Occidente y de la mayoría silenciosa y temerosa de los musulmanes moderados, cuya tímida convergencia con la tradición monoteísta judeocristiana ha comenzado.

A todo esto ha venido a sumarse el estallido interior de Bolivia. Después de viajar también a Irán y después de lanzar a Bolivia a una inminente guerra civil entre la cultura occidental y el indigenismo militante, Evo Morales encaja perfectamente en el esquema chavista. La exacerbación de las contradicciones en su atribulado país no podría hacer otra cosa que magnificar el poderoso oleaje que bloquea cada día más la posibilidad de una "tercera posición" kirchnerista entre Chávez y Occidente.

Como última resistencia contra la completa "chavización" del kirchnerismo cuenta, todavía, la postura antiiraní que sostiene la Argentina como consecuencia del trágico atentado contra la AMIA. Esta es la última defensa que le queda a nuestra política exterior contra su completa absorción dentro de las filas antioccidentales de una pequeña minoría de países latinoamericanos a cuya cabeza figura el chavismo, una minoría a la cual la Argentina, por sus profundas raíces europeas, judeocristianas y occidentales, nunca podría sumarse.





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