ALEXANDER APÓSTOL : «La modernidad en Venezuela fue un asunto de chequera»

Por Venezuela Real - 15 de Septiembre, 2008, 13:48, Categoría: Cultura e Ideas

MARJORIE DELGADO
El Nacional
15 de septiembre ded 2008

El fotógrafo pone su mirada en Caracas y en sus habitantes
Es uno de los artistas venezolanos más cotizados en el mercado internacional. En su trabajo -algunas de sus obras han sido adquiridas por la Tate Modern de Londres- se devela la imagen encendida de una ciudad que suspiró con el proceso moderno y que en la contemporaneidad negocia las consecuencias de ese intento fallido

Habla de la modernidad no desde la mirada nostálgica, sino desde una más sincera: la cuestionadora. En esa mirada entiende el ayer venezolano como un código cifrado para entender el hoy. El fotógrafo Alexander Apóstol considera que la modernidad fue una cuestión de vibración de ilusiones con chequera, una fisicromía de billetes, un brochazo de renta petrolera.

Para el artista, uno de los venezolanos que flota en el mercado del arte internacional, Venezuela es un país de alquiler. Mientras se le escucha, no se puede evitar sentir que se es ser el inquilino de una pensión de mala muerte del centro caraqueño con la puerta abierta hasta la madrugada.

Apóstol estuvo unos meses en Caracas, como suele hacerlo varias veces al año, para desentrañar cómo el caraqueño negocia con las ruinas y los fracasos de la modernidad en la ciudad contemporánea.

De esta y otras visitas saldrá el trabajo que expondrá el próximo año en Caracas. Actualmente también trabaja en la edición de dos libros sobre su obra, que serán presentados en escenarios internacionales. Para enero, la Universidad de Salamanca prepara una retrospectiva de su obra pero antes, su trabajo más reciente estará en Pinta, una de las ferias más importantes de Nueva York.

–Usted ha dicho que Venezuela es la ruina de la modernidad ¿Qué nuevas preguntas se ha hecho para reflexionar sobre este enunciado?
–Hace unos años me inclinaba más por exponer elementos arquitectónicos que ejemplificaban el fracaso y la ruina. Hoy, trabajo más sobre cómo el habitante de la ciudad sobrevive a ese fracaso, cómo negocia frente a una modernidad ruinosa, una ciudad que no se corresponde con las necesidades de su gente.


–¿Qué ha podido identificar en ese proceso de negociación?
–El caraqueño vive obligado a negociar los espacios de la ciudad, los momentos, el tiempo. Inconsciente o conscientemente, esto termina siendo parte del comportamiento diario de los habitantes. Madrid, por ejemplo, es una ciudad para todos; puedes moverte en todos sus espacios a cualquier hora. Los edificios y las dependencias funcionan y las que no, dejan de existir. Aquí se mezclan las cosas que funcionan con las que no lo hacen. El caraqueño se acostumbró a vivir en burbujas; en espacios reducidos para estar y en horarios limitados para circular. Además, hay una diferenciación muy clasista de la ciudad y, aunque eso ocurre en muchos lugares, aquí se siente muy fuerte. El otro día leí que nos hemos acostumbrado a hacer cola para todo y es porque, al final, todos vamos a los mismos sitios. Hace un tiempo, hice un trabajo en la avenida Libertador con los transexuales que trabajan en la noche. Ellos también tienen sus territorios marcados.


Todos los caraqueños somos unos trabajadores nocturnos de esta ciudad: tenemos nuestros espacios marcados y ese espacio cada día es más pequeño.

–No sólo el espacio físico sino también el espacio simbólico ¿no?
–Absolutamente. Hay algo que me interesa muchísimo del periodo moderno: a pesar de que había proyectos faraónicos, que no se correspondían del todo con las necesidades y las posibilidades de la ciudad, han sido construcciones que nos han podido mantener. Me llama la atención que, en aquel entonces, había una mentalidad de lo posible, no sólo en el periodo moderno de la dictadura sino también en el democrático. Parecía que todo se podía hacer.

Hoy siento que hay una mentalidad de supervivencia, de cómo sobrevivo a lo que hay.

Siento que hay una especie de mezcla entre `sálvese quien pueda’ y `¿cuánto hay pa’eso? Ese es el espacio simbólico en el que nos movemos.

–¿Entonces la mentalidad moderna fue una mera ilusión?
–Fue una cuestión, un problema, de dinero. Los verdaderos proyectos sociales de cualquier país tienen que venir de adentro para construir nuevas realidades. Pero la modernidad en Venezuela vino como prestada por todo el dinero que había en el país.


Decidimos ser modernos de un día para otro. Decidimos hacer cientos de construcciones para parecer modernos, pero no había un trabajo de internalización de ese proceso. Mientras había dinero y condiciones políticas fuimos "modernos", pero cuando el dinero se acabó, dejamos de pagar el alquiler de la modernidad.

– ¿Hoy hay mucho dinero?
–En los años setenta vino un caudal de dinero y se comenzaron a hacer proyectos, también faraónicos, parecidos a los proyectos que hoy se anuncian, pero que no van a ninguna parte. Una vez más estamos prestando todo, estamos alquilándolo todo: los supuestos beneficios sociales, la mentalidad de un país y el propio país. Cuando deje de haber dinero todo esto cambiará. Y cuando vuelva a haber dinero, que caerá en otras manos, habrá otro proceso de euforia. Esa es como la gran decepción, si cabe la palabra, que yo siento con este país. Al final nadie compra nada; todos estamos alquilados.


–Otro artista venezolano dijo, releyendo la frase de Simón Rodríguez, que en "Venezuela inventamos o erramos, y erramos". ¿El simulacro de modernidad del siglo XX suscribe esta frase?
–El caraqueño creyó reinventarse con la modernidad.

Todos sabemos que fue un proyecto inconcluso y fallido que no tuvo al final mayor sentido. Muchos tienen nostalgia de eso. A mí me llama la atención que al Hotel Humboldt, que es uno de los símbolos de la ciudad, se hagan visitas guiadas que acentúan que es una ruina, cuando es un edificio de cincuenta años, no es el Partenón.

Resulta que nos acostumbramos a vivir entre ruinas contemporáneas.

–Hay quienes opinan que en Venezuela sólo se suspira, pero no se piensa en reconstruir como se ha hecho en otras ciudad abatidas
–Sí, y no solo se trata del fracaso de la estructura moderna sino también de la ciudad contemporánea. Voy a poner un ejemplo de Medellín, porque lo tengo muy fresco. Fue una ciudad muy conflictiva durante los ochenta y noventa que se ha reinventado totalmente, escuchando a diversos sectores de la ciudad, tratando de hilarla en una sola y no en varios segmentos. Han creado canales de comunicación física y han hecho edificios importantes no al comienzo del barrio sino en lo alto, en la parte más intrincada. Eso ha motivado que los habitantes tengan más sentido de pertenencia con su ciudad, porque el barrio se asume como un espacio integrado al resto de la urbe. Aquí estamos marginados todos, desde el que vive en el rancho del barrio hasta el que vive en la última casa de La Lagunita. Estamos todos en cuatro calles de las que no podemos salir.


–Algunos piensan que sí se fue moderno. Argumentan, por ejemplo, que los ranchos no son de bahareque sino de ladrillo.
–La modernidad fue un asunto de chequera. Los ranchos son de ladrillo porque había dinero y porque, contrariamente a lo que pasa en otros sitios, la gente que construye un rancho sabe que no es transitorio, que es para toda la vida. Entonces, en lo que pueden le montan un segundo y tercer piso para los hijos, para los nietos, porque esa va a ser la casa de siempre.


–¿Las obras de arte en los bloques, en la Ciudad Universitaria no implicaron modernidad?
–No, sólo implicó chequera.


–¿Qué daños causó esa chequera, más allá de que la modernidad venezolana sólo fuera vestidura?
 –La mentalidad de cambur, es decir, aquella en la que lo importante es sacar ventaja de todo, del otro. Es muy fuerte cuando se dice que la viveza del venezolano es su principal virtud cuando, más bien, es su principal defecto. Es muy difícil construir un país con una mentalidad como esa. Eso nos hace ser poco críticos ante cualquier situación a nivel social, eso hace que hayamos tenido los gobernantes que hemos tenido. Es resultado del exceso de dinero.


–Hoy también pareciera que todo gira en torno del imaginario del dinero, de la renta petrolera. Venezuela tiene plata para repartir es lo que se concluye de muchos de los anuncios presidenciales –Chávez es para mí el espejo perfecto de lo que somos. Me parece triste que un gobernante, llámese Hugo Chávez o Carlos Andrés Pérez, sea el reflejo de lo que somos. Ambos lo fueron. Es la misma maquinaria. Cuando éste no esté habrá otro similar. Volvemos a repetir lo mismo porque no tocamos fondo.


 







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