El fin del ardid Rangel

Por Venezuela Real - 19 de Septiembre, 2008, 11:29, Categoría: Política Nacional

ALONSO MOLEIRO
TalCual
19 de septiembre de 2008

Poca gente, casi nadie, se ha preocupado especialmente con las denuncias de magnicidio y los rumores de golpe que ha presentado el oficialismo. Las interpelaciones parlamentarias, los destemplados insultos y amenazas, las raquíticas concentraciones populares y la propaganda televisiva han sido recibidas por el grueso del país con un enorme bostezo.

Si siquiera la nueva denuncia de ese fiasco en dos patas que llaman José Vicente Rangel en contra del ministro de la Defensa de Colombia por sus presuntas diligencias conspirativas –hecha de forma artera con el objeto de intentar escalar de nuevo el conflicto político venezolano hacia fuera– han tenido especial relevancia. Nadie, ni siquiera la versión web de El Tiempo de Bogotá fijó interés especial en la noticia.

El país se ha acostumbrado a los folletinescos amagos del chavismo. El país y el mundo entero. Con indiferencia, disueltos en los pequeños desencuentros cotidianos, son recibidas las amenazas paranoides. El libreto de 2002, exprimido hasta la saciedad, se ha agotado por completo. No hay concentraciones populares en defensa de la revolución, ni réplicas opositoras procurando un golpe. No hay clímax revolucionario. La gente se fastidió.

"El tema", si vamos a hablar de uno, es el que ya conocemos: el caso de la valija de dólares de Guido Antonini Wilson y la espesa tramoya de sobornos que compromete al panteón de patriotas de la quinta república.

El rasgo que anotamos lo único que confirma es lo que dicen todos los sondeos de opinión: el presidente Chávez aún conserva márgenes importantes de aceptación, pero los escenarios esquizofrénicos de hace seis años, esos que hacían posible que Lina Ron e Iris Varela vivieran su momento como figuras públicas, se han ido para no regresar. El liderazgo de Chávez tiene un montón de condicionantes que el Presidente no quiere terminar de aceptar. El país está cada vez menos dispuesto a acompañar las com! parsas de quienes todos los días parece que buscaran una excusa nueva para no tener que gobernar.

Aun cuando sea con cierta lentitud, las cosas están cambiando.

¿Quién podía imaginar un día en el cual una denuncia de José Vicente Rangel no tuviera un gramo de impacto en el ánimo ciudadano? ¿Cómo no advertir que, a estas alturas, la temida y reverenciada Lina Ron es apenas un matiz noticioso, una de las muchas extravagancias que todos los días nos ofrenda la cotidianidad? El gobierno continuará con su aguaje: dirá unos nombres, soltará otras groserías, juntará unas trescientas almas para creerse lo que dice. Nada importante sucederá. La oposición ha aprendido. Ha identificado una enorme oportunidad para avanzar y sigue haciendo su campaña electoral, cruzando su camino civil, convencida de que las miles de contradicciones que le ofrece la cotidianidad alimentan su opción.

Si hoy hubiera ríos humanos pidiéndole a Chávez que se vaya, estafadores políticos tan depurados como Rangel –el mismo que, con tono de monje, le pedía al antichavismo que tomara el cauce democrático– se estuvieran frotando las manos: esa sería la garantía de mitines y proclamas gloriosas y el salvoconducto para permanecer diez años más en el poder.

No hay nada más contrarrevolucionario que este estado general de indiferencia.





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