Lecturas antiimperialistas

Por Venezuela Real - 21 de Septiembre, 2008, 14:12, Categoría: Política Internacional

Manuel Caballero
El Universal
21 de septiembre de 2008

La historia nunca es lineal: donde menos se piensa salta la liebre

¿Se puede ser marxista y proimperialista? ¿Se puede, en EEUU de América, ser muy reaccionario, demócrata y antiimperialista? ¿Se puede en el África negra, ser racista e inmensamente popular? ¿Sería posible que Mugabe venciese y hasta por paliza a Mandela en unas elecciones donde sólo participasen los negros? Hacerse semejantes preguntas no es en absoluto escandaloso: lo escandaloso es que en las tres primeras preguntas la respuesta es sí. Y tal vez también a la última. Vayamos con lo primero. Cuando EEUU se apropió de la mitad de México, recibieron en 1847 el aplauso bastante entusiasta del propio Marx, en carta a Engels. El primero decía que esa anexión era lo mejor que podía haberle sucedido a un país empantanado en sus propios problemas, ingresar así al mundo capitalista.

Una joya de mi biblioteca

Para responder a las dos preguntas que le siguen, he recurrido a una de las joyas de mi biblioteca (aunque en este momento debo citarla de memoria, perdida como está en el cafarnaum de mi estudio) y la traducción de cuyo título (The Antimperialist Reader) he empleado para encabezar estas notas. Allí hemos encontrado cosas que nos complacen y otras que nos sorprenden: supimos, por ejemplo, que uno de los primeros adversarios del despojo del territorio mexicano por EEUU fue Abraham Lincoln. Eso es congruente con la imagen que se tiene del libertador de los esclavos. Por cierto, Lincoln era miembro del Partido Republicano, que los americanos suelen llamar Great Old Party, el Gran Viejo Partido, y que entonces representaba lo que podía considerarse "izquierda", mientras que el Partido Demócrata era lo contrario, sobre todo en el Sur. A quienes tienen una percepción maniquea de la política y la historia, puede dejarlos boqui-abiertos saber que uno de los más elocuentes adversarios norteamericanos del imperialismo fuese William Jennings Bryan.


Demócratas y muy reaccionarios

Este fulano era un alto líder del Partido Demócrata, secretario de Estado y varias veces candidato a la Presidencia. Hasta que Roosevelt les dio un vuelco, los demócratas, en particular en el Sur, eran unos atroces reaccionarios, partidarios de la esclavitud y luego de 1864, racistas hasta la pared de enfrente. Bryan se hizo famoso al acusar en los tribunales a un joven maestro por haber enseñado en su escuela la teoría evolucionista de Darwin. El juicio inspiró un magnífico filme de Stanley Kramer con Spencer Tracy y Gene Kelly, Inherit the Wind.


Sigamos con las incongruencias de la historia. Cuando decimos que un hipotético enfrentamiento electoral en el África negra entre el tirano Richard Mugabe y el gran Nelson Mandela lo ganaría el primero acaso por paliza, nos basamos en un precedente histórico: el político más popular de su momento en el continente negro no era el preso de conciencia Nelson Mandela, sino el payaso Idi Amín Dadá. El cual había hundido a su país en la sangre y el ridículo, pero que había humillado a los blancos que todavía habitaban Uganda, obligándolos a cargarlo en un palanquín. O sea, racismo al revés.

La humillación de Entebbe El tiranuelo había escrito también al Presidente de EEUU cartas atiborradas de groserías expresándole con lo que creía una gruesa ironía, su deseo de que "se curase pronto del Watergate" que lo aquejaba. Ni siquiera afectó mucho la popularidad de ese fanfarrón la humillación que le propinaron los israelíes en Entebbe. Porque casi siempre las capas más primitivas de la sociedad, antes que a un dirigente político que les proponga luchar por una sociedad más justa, preferirán un demagogo que les ofrezca venganza. Pero, por fortuna, esa no es una actitud popular que dure hasta la consumación de los siglos. Idi Amín Dadá fue al final echado del poder y exiliado, y Nelson Mandela se convirtió en lo que es hoy: no sólo el Padre de la Patria surafricana, sino uno de los líderes históricos más admirados y respetados del mundo.

La conclusión de todo esto es que la historia no siempre sigue un derrotero lineal. Así como se puede ser en los EEUU reaccionario y antiimperialista, y en África negro y racista, en América Latina se puede ser antiyanqui y proimperialista.

Arriada la bandera roja

Porque en los años sesenta, Fidel Castro podía ponerse al servicio del imperio ruso pretextando una solidaridad ideológica: al fin y al cabo, era la suya una alianza entre países socialistas. Pero después de que fuese arriada la bandera roja, se instaló en la Santa Rusia uno de los capitalismos más salvajes que conozca la historia desde los tiempos de Marx; aliñado con la picante salsa siciliana de una mafia sin dios ni ley. De modo que al aliarse con Putin, no hay en el atarantado de Sabaneta la menor traza de antimperialismo. Lo suyo es simple antiyanquismo racista. Pura payasada racista a lo Idi Amín Dadá.


Por fortuna sucede que hasta en el circo, frente a un auditorio infantil por lo general poco dado a la crítica, suelen cansar los payasos, sus chistes repetidos, la misma nariz de pelota redonda, los mismos zapatones y los calzones aguados y remendados. Al final, el público lo abuchea y lo deja solo. Como está dejando solo a un mal imitador venezolano de aquel payaso ruso ("Popov"), cuyas gracias hicieran reír a varias generaciones de niños soviéticos.

Un imitador que habla de derramar por la lejana Bolivia hasta la última gota de una sangre que todo el mundo creía ya derramada en la cercana y gloriosa batalla del Museo Militar. Derramada resistiendo a pie firme los únicos movimientos que (como lo confesó públicamente) lo hayan jamás amenazado: sus íntimos movimientos peristálticos.





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