Pecado capital

Por Venezuela Real - 24 de Septiembre, 2008, 12:01, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

Antonio Cova Maduro
El Universal
24 de septiembre de 2008

Estos meses de vacaciones han sido pródigos en los ataques de ira de Chávez... y sus efectos

Corre el día 21 de febrero de 1582, el Gran Príncipe de Moscovia (Rusia), Iván, se reúne con el enviado del Papa, el jesuita Antonio Pos-sevino, quien acaba de lograr una tregua de 10 años en la guerra que Iván libra con la monarquía católica de Polonia. Iván, todo un personaje, se siente tranquilo y con pocas ganas de cumplir con su parte en las negociaciones que el jesuita trajo como propósito.

Iván, como era característico de algunos monarcas de su tiempo -Enrique VIII de Inglaterra, entre ellos-, disfrutaba de discusiones teológicas y no quería perder la oportunidad de hacerlo con un huésped tan distinguido. Monarca absoluto como el que más, Iván no estaba acostumbrado, sin embargo, a tener estas discusiones en plano de igualdad con nadie. Lamentablemente para él, esa no había sido la experiencia de Possevino y dispuesto estaba a dejarlo en claro.

Iniciada la discusión, inmediatamente ella se centró en el asunto del primado del Obispo de Roma. Iván, a quien la historia conoce con el sobrenombre de El Terrible, rápido comienza a perder los estribos, acusando al Papa de un "lobo con piel de pastor". Possevino no se amilana y le replica que no deja de ser extraño que "un Gran Príncipe como él haya aceptado la mediación de un lobo".

Al verse refutado ante su Corte, Iván, quien era notorio por sus ataques de ira, echa mano de su pesado cetro y se abalanza, blandiéndolo, sobre el jesuita. En shock, los presentes enmudecen: saben que Iván, justo con ese instrumento, mató a su hijo no hace tanto. Pétreo como una estatua permanece Possevino, mientras con lentitud, Iván va calmándose y deja a un lado su letal cetro. El jesuita ha tenido oportunidad de verificar de lo que es capaz el Gran Príncipe. Ya sabía de su astucia y simulación y ahora puede ver la "combinación" entre éstas y su comprobada ira.

Desde tiempo inmemorial conocemos de ese terrible pecado capital, la ira. Lo que es nuevo para muchos es la instrumentalidad política que ese pecado tiene. Lo conocimos en el mencionado rey inglés, y más cerca de nosotros sabemos que fue un defecto que adornó a Napoleón Bonaparte y durante un tiempo le fue muy útil. En el siglo XX, Hitler y Stalin fueron notorios en la abundante utilización de tal instrumento.

Los venezolanos de comienzos de un nuevo milenio nunca imaginamos que lo íbamos a contemplar, sin disfraces ni afeites, por televisión. Ya es público y notorio que es uno de los defectos que han penetrado profundamente la sensible piel de Hugo Chávez. Insisto en "uno de los" porque, si algo es característico del personaje, es que en cuanto a defectos que le acompañan, la Providencia ha sido pródiga con él.

A cada rato nos enteramos de sus accesos de ira, de sus furias, súbitas pero matemáticamente predecibles entre quienes le rodean; de sus desplantes, sus gritos y sus insultos a los suyos. Hugo Chávez tiene el problema de que, para quienes le contemplan desde cualquier televisor, es muy fácil, y hasta fascinante, darse cuenta de cuando su cara adquiere la súbita imagen de alguien a quien le entró en el cuerpo su demonio de Tasmania.

Por un tiempo esa ira le fue muy útil. En su corte, lograba paralizar cualquier réplica y generar una adulancia continuada. Nadie en ese elenco se atrevía -ni se atreve- a contradecirle, ni siquiera a hacerle ver lo poco conveniente que algunas de sus decisiones podrían ser a la hora de llevarlas a cabo. Para ese atajo de silentes adulantes, de focas que aplauden cuando tienen el agua al cuello, ese patrón de conducta ya es un reflejo condicionado, de los mismos que Iván Pavlov comprobó en sus perros de laboratorio.

Estos meses de vacaciones han sido pródigos en los ataques de ira de Hugo Chávez& y sus efectos perniciosos. Han quedado atrás los vulgares insultos a cualquiera que se le pusiera en el camino. Ha hecho uso estridente de la peculiar diplomacia del micrófono: 72 horas al ausente embajador norteamericano y el "me lo botan ya", que impuso toda la premura, que tanto ahorran para lo que hace falta, a sus policías y esbirros para embarcar en el primer avión a mano al señor Vivanco.

Pero ya esa ira comienza a mostrar su otra cara: la de un defecto intolerable para su propio elenco, que ya se va cansando de aguantarle; fastidiosamente esperable para el público que tiene que calárselo, y lo peor de todo: un shock insoportable para las primeras planas de los medios internacionales. Hugo Chávez incluso debutó ya en la campaña norteamericana. ¡Enhorabuena!, está usted en el primer lugar de sintonía.






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