Fantasmas de ultratumba

Por Venezuela Real - 30 de Septiembre, 2008, 11:27, Categoría: Cultura e Ideas

Asdrúbal Aguiar
El Universal
30 de septiembre de 2008

Lo que nos queda por lo pronto es la verdad del hombre digital

La reivindicación que del Estado interventor hacen los integrantes del Cártel de Caracas: Chávez o la Kirchner, por felices ante el crac de los Estados Unidos y arguyendo con simplicidad de demagogos la muerte del capitalismo, les hace olvidar que si éste desfallece ellos, desde antes, son fantasmas de ultratumba. Agonizaron en su momento y murieron para la historia desde la caída del Muro de Berlín. Lo que hoy ocurre en Norteamérica es, qué duda cabe, el producto fatal de la misma entropía de la que hacen gala estos ventrílocuos del pasado.

El comunismo llegó a su término por querer fundarse sobre la mitad de la naturaleza humana, la que le pide al hombre alteridad y le sitúa en comunidad para saciarle sus carencias, y por olvidar que éste es voluntad libre y una, experiencia única e irrepetible. Pero la cosmovisión de Wall Street, que cede estruendosamente luego de haberse creído victoriosa ante el derrumbe del socialismo real, es reduccionista y barata. Siguió midiendo a cada persona desde su otra mitad, desde el ángulo de la voluntad egoísta y libertaria e imaginándola como una suerte de animal que se engulle sus intestinos hasta que le alcanzan, y luego muere de inanición en la soledad de una caverna.

Lo cierto es que capitalistas neoliberales y comunistas o quienes por pudor ahora se autodenominan socialistas del siglo XXI, construyeron sus dogmas, además, a partir de otra realidad en aguda crisis terminal: el moderno Estado Nación, hijo de Maquiavelo y de Hegel; forjado como ente impersonal sea para servir, sea para esclavizar a los ciudadanos según la perspectiva dominante: respetándoles una cuota de sus vidas o haciéndolas parte integral de la cosa pública (res publicae). Nadie tiene existencia que no sea dentro del Estado o en conflicto permanente contra él.

Lo veraz es que ese Estado, delimitado por fronteras y a la manera de cárceles ciudadanas deshumanizadas, explica la política alrededor del poder que le da el espacio que ocupa o la acumulación de sus recursos materiales. Ha sido éste el sentido raizal que también animó a los imperios: el que declina ante nuestros ojos como declinaran el Imperio Romano y la propia URSS, y aquel otro que trastorna al "pequeño caporal" de Miraflores y que imagina forjará a fuerza de petrodólares y compra de conciencias.

Bastaría un alto para que cada marchante aprecie por sí que las cosas, antes bien, ni son ni serán más como fueron siempre. Y en medio de la crisis corriente lo que se aprecia es el tránsito entre una Era y otra distinta, que no un simple cambio de Edad en la historia conocida. Significa, mejor, una ruptura profunda e inédita en las formas de la vida humana y en las esencias de la civilización.

El Estado del que hablamos es apenas un átomo ante los grandes desafíos y problemas de la Humanidad global en cierne, como la criminalidad y el terrorismo transnacional, la sustentación ambiental, el dominio de las autopistas de la información, y hasta la mudanza de la especie animal. El tiempo del sexo con procreación, si acaso no lo sabemos, le da paso al de la procreación sin sexo. Nada menos. Y es que por obra de la inteligencia artificial, del descubrimiento del genoma humano, de los computadores, de los blogs, del chateo, del encuentro virtual y en tiempo real entre individuos situados en las antípodas de la geografía del planeta, las "patrias de bandera" con sus escudos antimisiles y fusiles AK-42 a cuestas se han transformado en parques jurásicos. Ni Bush ni Chávez serían lo que son para mal de males, ni la pobreza ajena se nos hubiese sumado hasta hacérsenos más gravosa y casi nuestra, que no fuese por las imágenes satelitales de CNN.

El tiempo de la materia y de la explotación del hombre por el hombre quedó atrás y emerge ante nosotros, golpeándonos las narices, el de la explotación por éste del mismo tiempo y de su velocidad. Hemos ingresado en la Era del vértigo. Hasta las instituciones de esas suficientes y muy soberbias repúblicas liberales o populares, acotadas por los cascarones del Estado: sus partidos, sus parlamentos, sus milicias, no son ya sino curiosidades para el estudio de antropólogos, o paquidermos corruptos a la vista tanto de los excluidos como de las generaciones del porvenir.

Cabe construir ex novo y no sólo reconstruir, en suma.

Lo que nos queda por lo pronto es la verdad del hombre digital: lleno de temores, desnudo de ciudadanía, urgido del afecto cierto de sus pares y de la valía de su dignidad. No es ocioso, pues, que tengamos presente para lo sucesivo y a propósito de la democracia como estilo de vida y estado del espíritu lo que de ella dirían tanto Maritain como Bobbio: se niega en los extremos y a manos de los populistas.






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