Ni Moscú ni Wall Street - Profetas en crisis

Por Venezuela Real - 1 de Octubre, 2008, 11:26, Categoría: Cultura e Ideas

El Editorial
El Nacional
01 de octubre de 2008

Para el capitalismo puro y sus apóstoles, las turbulencias del mundo financiero podrían parangonarse con la caída del muro de Berlín: la intangibilidad del dogma se ha desmoronado. Los más grandes poderes, los bancos, deben ser salvados por los contribuyentes, por el hombre de a pié. Los profetas de la globalización en vez de recorrer el mundo, dominándolo, deben refugiarse en sus casas a la espera del auxilio que les evite la quiebra y la pérdida de su dignidad. Tirios y troyanos (demócratas y republicanos) debaten, coinciden en la urgencia del auxilio, pero discrepan en el "momento", porque andan en elecciones y es poco discreto sacarle las patas del barro a quienes cavaron la fosa.

Todos reconocen que el costo de la "operación salvamento" es sumamente elevado, no obstante dejarlos caer significaría la ruina de pobres y de ricos. De acreedores y deudores. No hay más alternativa que recurrir al poder del Estado. Desembolsar 700.000 millones de dólares para que siga girando el mundo, y no tener que bajarse de él.

El socialismo real murió en el año 1989, y veinte años después el capitalismo real se encuentra en terapia intensiva. Los dos paradigmas que durante medio siglo se enfrentaron en una implacable guerra fría han terminado mostrando pies de barro. Uno por un exceso de autoritarismo. El otro por exceso de permisividad.

Aunque esta situación sume al ciudadano en la perplejidad, es preciso resaltar que en última instancia es él quien debe asumir las riendas. Ni Moscú ni Wall Street pudieron erigirse en modelos capaces de asegurar el buen funcionamiento y la continuidad de la vida económica y social. En ambos casos han tenido que bajar la cerviz y rendirse ante la soberanía ciudadana.

En el caso de Moscú la debacle no fue cuantificable, en el caso del capitalismo ahora se cuenta por trillones de dólares. El traslado de la cuenta al ciudadano debe verse, también, como el traspaso del poder al hombre común. Los banqueros ya no son los todopoderosos, sino han pasado a ser los menesterosos de ayuda del conjunto de la sociedad.

Si se mira de esta manera, el rescate, a pesar de ser caro, no es algo para lamentar. Porque significa la reafirmación de que es la totalidad de la población, y no sus genios financieros, la que apuntala la vida económica. Que no es ni el Estado centralizador ni la magia del mercado la base de la sobrevivencia y del progreso. Sino el trabajo de los millones de hombres y mujeres que contribuyen diariamente a salir adelante. Pero, en suma, deben cobrar conciencia de su protagonismo. De que son el centro y la última instancia para que cualquier sistema pueda sobrevivir. Y que, por ello mismo, la democracia representativa y popular que tanto se ha deformado y de la que tanto se ha abusado, es la única manera de salir adelante. La única manera de salvarnos de los naufragios de los protagonistas de la guerra fría, que ahora tratan de reeditar las viudas del pasado, con sus inmortales dogmas.






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