El péndulo

Por Venezuela Real - 5 de Octubre, 2008, 12:10, Categoría: Economía

RAFAEL ARRÁIZ LUCCA
El Nacional
05 de octubre de 2008

El papel del Estado en la economía es el nudo gordiano de la actividad productiva del hombre. Desde aquellos primeros liberales, a quienes Adam Smith les estructuró sus intuiciones, el individuo como entidad, u organizado en personas jurídicas colectivas, ha buscado ser libre, no ser regulado excesivamente por el Estado. Por su parte, la clase política y burocrática ha buscado controlar la actividad económica de los nacionales y de los extranjeros, intentando planificar y centralizar las decisiones. Entre estos dos extremos se ha movido el mundo occidental en el siglo XX. Entre John Maynard Keynes y Friedrich von Hayek.

Es un hecho que desde los tiempos de Ronald Reagan y la señora Thatcher el péndulo tocó el extremo de Hayek y Milton Friedman, con fundada razón. Recordemos el estado de postración que imperaba en Gran Bretaña cuando prácticamente todo estaba en manos del Estado. No hablemos de su estadio paroxístico: la Unión Soviética, que se vino abajo porque quedó demostrado que sin libertad económica no se puede generar riqueza, y el imperio que alguna vez gobernó el genocida Stalin se esfumó entre su propia ineficiencia. La desaparición del socialismo real trajo como consecuencia la potenciación planetaria del fenómeno de la globalización que, como sabemos, colocó la tecnología y las finanzas en la vanguardia, mientras las leyes y la supervisión iban, dando tumbos, en la retaguardia. Fue, entonces, el triunfo sin contrapesos del liberalismo.

La globalización ha traído cambios enormes. Basta un ejemplo: Estados Unidos ha pasado de ser una economía industrializada a otra de servicios, mientras el polo planetario industrial se ha desplazado hacia Oriente. Casi todo se fabrica en China, Japón o Corea del Sur, pero esto no quiere decir que los avances tecnológicos se produzcan allá. Estos siguen urdiéndose en los campus de las universidades norteamericanas, británicas, alemanas y francesas. Lo que ocurre es que por razones de economía de mercado siempre se busca el país con mejores condiciones para instalar una fábrica. Cualquier empresario prefiere a una China sin sindicatos, con un derecho laboral incipiente, con mano de obra casi esclava, que un país en el que se hayan desarrollado los derechos humanos desde la perspectiva occidental.

Ahora, el péndulo pareciera tocar el otro extremo. Pero no es posible el regreso de Keynes, ya que la enseñanza señala que la regulación extrema viene caminando de la mano con la pobreza. No obstante, es un hecho que la crisis del mercado inmobiliario y financiero traerá consecuencias planetarias, dada la globalización y la interconexión de las economías. Por supuesto, la crisis que se vive, que no sabemos si se sale de la madre inmobiliaria-financiera para inundar otros sectores de la economía, es un sacudimiento del liberalismo en medio del fenómeno de la globalización, pero no se trata de su desaparición, ni de la vuelta de unas tesis económicas y políticas comprobadamente fracasadas, como el socialismo autoritario.

Como siempre, conviene ver qué han hecho los más viejos: los europeos. En esas economías se han ido dosificando la participación del Estado y la libertad de los actores económicos; la economía no está al margen de los derechos humanos ni de las conquistas colectivas, pero tampoco es asfixiada por un voluntarismo centralista.

La crisis iniciada en Estados Unidos, más allá de las pérdidas gigantescas, es una oportunidad para ajustar tuercas y seguir trillando el camino de la libertad. Los fantasmas autoritarios del pasado que se retuerzan en sus ataúdes: no hay motivo para que se materialicen de nuevo.






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