Un día de estos

Por Venezuela Real - 12 de Octubre, 2008, 20:39, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

ALBERTO BARRERA TYSZKA
El Nacional
12 de octubre de 2008

Cuando su imagen apareció en el espejo, temió por un segundo tropezarse con un anuncio inesperado: la cara poblada de pequeñas manchas rojas, por ejemplo

A quella mañana, el defensor se despertó con una extraña sensación debajo del paladar. Abrió los ojos y sintió una nada sobre la lengua, un vacío apretado en el medio de la boca. Nunca antes le había pasado algo así.

Cuando su imagen apareció en el espejo, temió por un segundo tropezarse con un anuncio inesperado: la cara poblada de pequeñas manchas rojas, por ejemplo. Pero no. Era él, el mismo de la noche anterior. Más despeinado, con la huella de la almohada tatuada en su mejilla izquierda. Nada más. Estiró los labios y soltó una a. Amplia, flexible. Sacó la lengua. La observó cuidadosamente. Incluso arrimó el rostro al vidrio, tratando de llevar sus pupilas hacia el fondo de la garganta. Nada. No había nada extraño. Pero la sensación seguía ahí. Era un hueso invisible, un peso sin forma.

"Qué joda", pensó el defensor. "Justo hoy", siguió pensando. Antes de tomar café, en las mañanas, siempre pensaba así, en pasos cortos, con pocas palabras. Pero de seguro tenía presente que en esos días comenzaba otro encuentro más de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad. Él tenía que estar ahí. 66 invitados internacionales. Hablaría el Presidente. Volvió a abrir la boca frente a su propia imagen reflejada. Sopló una bocanada de aire caliente. El espejo, de repente, se puso verde.

De camino al médico, trató de evaluar si, en los días anteriores, había hecho algo especial que pudiera explicar todo lo que le estaba ocurriendo.

Nada. Su único exceso fue asistir a la fiesta que organizó un compañero para celebrar la detención del general Baduel.

Comieron langostinos al curry.

Bebieron whisky, vino tinto y, al final, un par de copitas de oporto. "¿Los langostinos estarían piches", se preguntó. Meneó negativamente la cabeza.

"Imposible". Recordó también una reunión de planificación oficial para la conmemoración oficial del nacimiento oficial de Ernesto Che Guevara. Alguien propuso publicar y distribuir afiches, tarjetas y remitidos, con un poema homenaje escrito por Mario Benedetti. Por un segundo, esa duda cruzó debajo de sus ojos. ¿Puede la poesía de Benedetti producir este tipo de consecuencias? Con un manotazo espantó la duda. Luego intentó un carraspeo. No lo logró. Trató de toser: tampoco pudo. Comenzó a sentir que, a medida que transcurrían los minutos, esa presencia dentro de su boca crecía cada vez más, se expandía, lo estaba invadiendo desde adentro.

Al defensor le dio un poco de pena sentarse frente al doctor y explicarle la situación. Todo le resultaba tan absurdo, tan ridículo. El doctor, sin embargo, lo escuchó serenamente, con demasiada seriedad, quizás.

Como si estuviera acostumbrado a recibir casos así, como si fuera natural amanecer con una nada turbia bajo el paladar.

"¿Qué le parece? ¿Esto es normal?". El doctor dijo no con la cabeza. "¿Alguna vez usted había visto un caso así?". El doctor dijo jamás, moviendo nuevamente la cabeza.

Mostrarle la lengua a un desconocido siempre intimida. El defensor se sentó en la camilla y esperó. Tal vez pensó en su aliento. Lo sentía espeso, con un leve sabor a tuercas, a metales. Recordó el espejo. La leve mancha verde que pintó el espejo cuando lo sopló. Los labios entonces se le pusieron calientes.

El doctor se puso frente a él.

Muy cerca. Tenía una paleta de madera en la mano. "Abra la boca. No hable". El doctor acercó más los ojos sobre su boca. También iluminó el interior con una linterna muy pequeña. Introdujo la paleta y dio dos golpes. "¿Siente algo?". El defensor sólo pudo mugir. "¿Duele?". Volvió a contestar con un sonido gutural.

El doctor se apartó un poco, comenzó a buscar algún instrumento en una mesa cercana. "¿Es grave?", preguntó. "Es una infección", dijo el doctor, girando, con una pinza en la mano. "Tengo que tomar una muestra. Quizás le duela un poco". El defensor cerró los ojos, resignado. Volvió a abrir la boca, esperando lo peor.

"¿Usted leyó el informe de Insulza que publica la prensa hoy?", preguntó de pronto el médico, suavemente, mientras se inclinaba sobre su boca. El defensor se sorprendió.

Pero no podía hablar. Ni siquiera pudo empujar un sonido hacia fuera. "Venezuela es el país suramericano con la tasa más alta de homicidios". Un pinchazo agudo en el paladar lo puso a temblar.

"Quizás, eso es lo que tiene aquí. Todos los nombres de todos nuestros muertos, enredados". Sintió de nuevo un pinchazo. El frío de la sangre tocó sus encías. "No se pueden mantener tantos muertos dentro de la boca, en silencio. Un día de estos tenía que pasarle algo así".





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