La posibilidad de injuriar

Por Venezuela Real - 18 de Octubre, 2008, 14:13, Categoría: Cultura e Ideas

Elías Pino Iturrieta
El Universal
18 de octubre de 2008

Las reputaciones no se destruyen con tiros por mampuesto, ni con celadas de palabrotas
 
No se trata ahora de iniciar una cruzada contra los insultos que recientemente sazonan de manera unilateral el discurso político, debido a que un reproche frontal implicaría la negación de su presencia a través de la historia y la posibilidad de olvidarnos de cómo pudieron hacer notable servicio a la sociedad en tiempos difíciles. Se trata, más bien, de ver cómo se convierten en herramientas de degradación, no sólo de quien los pronuncia sino de quienes les sirven como testigos, cuando salen de la boca de quien no puede frecuentarlos sin negar la esencia de las funciones que debe desarrollar ante la sociedad, sin convertirse en la antípoda de aquello que debe representar en sentido colectivo.
 
Un ataque contra el ultraje verbal debe considerar su proliferación cuando apenas nacemos como nación, a partir 1830, pero para mirarlos en su papel de correctivo de los negocios públicos en una época en la cual apenas se estrenaba la deliberación y podían correrse riesgos extremos al expresarlos. La fundación del Partido Liberal desembocó en la redacción de periódicos pueblerinos y en el nacimiento de voceros individuales que se enfrentaron al poder de Páez sin limitarse a las censuras corteses. Al contrario, no fueron pocos los insultos que, desde el pueblo llano, se dispararon contra el Centauro y contra eminentes figuras de su entorno, como Carlos Soublette y Santos Michelena. Llevaron la política hacia el fondo de una cloaca, según los analistas más atildados, pero existe la alternativa de otra mirada: las gentes sencillas de entonces desembucharon verdades, o medias verdades o exageraciones y aun patrañas redondas, con valentía proverbial debido a que las echaban a rodar desde la fragilidad propia de quienes carecen de fortaleza, para convertirlas en un arma capaz de modificar el orden de las cosas mediante el vapuleo de la reputación de los gobernantes. Sí, según el juicio de quienes estrenaban el campeonato de invectivas, los detentadores de la autoridad se habían burlado del pueblo, ante la carencia de ejércitos y sin las tribunas del congreso ni de la prensa de la capital, ¿no estaban en la obligación de olvidarse de los discursos "razonables" para destrozar sin compasión a los controladores del poder?

Hay un mérito innegable es la andanada de agravios que presencian los venezolanos en el siglo XIX y después, a partir de 1900: son obscenidades contra los capitanes de la Independencia, contra los alzados de la Reforma, contra los "logreros" del conservadurismo, contra los espadones y los mandones que en adelante pululan, es decir, contra sujetos que tienen la sartén por el mango y pueden reventarla impunemente en la cabeza de sus detractores; son el pasaporte a la cárcel, a la tortura, a la muerte, a la bancarrota, a la soledad y a penosos exilios sin fecha de conclusión. De allí que, en lugar de constituirse en baldón, en testimonios de desdoro que sólo se pueden recordar con vergüenza, se empinan como testimonios de una civilidad encorajinada en cuyo fuelle pudieron permanecer como anhelo, sin naufragar, los designios republicanos por los cuales todavía luchamos. En un país que ha contado con insultadores de la talla de José Domingo Díaz, Andrés Level de Goda, Juan Vicente González, Antonio Leocadio Guzmán, Rafael Arvelo, Miguel Eduardo Pardo, José Rafael Pocaterra y Rufino Blanco Bombona, entre otros muchos gallos de raza contra los personalismos, estamos en la obligación de discriminar a la hora de acudir a la Urbanidad de Carreño para lamentar la procacidad de los discursos políticos.
 
Pero las injurias son otra cosa en la lengua de José Tadeo Monagas, de Antonio Guzmán Blanco y de Hugo Rafael Chávez, por ejemplo. O en la cabeza de mandatarios que son ellos mismos un insulto, como Julián Castro, Raimundo Andueza, Juan Vicente Gómez, Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez (el desocupado lector puede retocar o aumentar la nómina según su cívico parecer). No sólo porque su rol en las primeras magistraturas los obliga al trato mesurado de la ciudadanía y a guardar las formas anexas al más alto empleo de la república; sino especialmente porque, viniendo de las alturas, rodeados de policías, escudados por el enjambre de los espalderos y por la baba de los aduladores, sus dardos no sólo son oscuros y sucios sino también inofensivos. Las reputaciones no se destruyen con tiros por mampuesto, ni con celadas de palabrotas que se ensayan en la mansión presidencial con la complacencia de las camarillas. El pleito de las reputaciones se hace entre iguales, si pretende ser legítimo, o sube del pueblo a las alturas, o de la soledad de un ciudadano hacia la cumbre de las mandonerías, con todas sus consecuencias.
 





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