Tiempos de cicuta

Por Venezuela Real - 29 de Octubre, 2008, 11:38, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

Antonio Cova Maduro
El Nacional
29 de octubre de 2008

Quieren hacer creer que la búsqueda sigue, pero terminó el tiempo y paciencia de los oyentes
 
Cualquier día, en los agitados primeros años de la década de los 60 en los pasillos de Ingeniería de la UCV: cantidad de jóvenes, que se sienten con el futuro en un puño, cantan con fervor "Cuba sí, Cuba sí, yanquis no!": son los tiempos en los que la revolución es la historia y nada hay que emocione más que estar con la historia.
 
Cuarenta y cinco años después, en cualquier remoto pueblo del interior, un militar disfrazado de revolucionario repite y repite la misma arenga, pero ya no hay jóvenes, ya no hay obreros, ya no hay, para decirlo todo, emoción alguna. Las arengas no se dirigen a imaginar un mundo nuevo, son refritas remembranzas de un pasado al que nadie -óigase bien: nadie- quiere volver. Es más, sienten que en ningún momento estuvieron allí. No hay audiencias, no hay participantes. Sólo hay gente que espera lo que le ofrecieron para poderlos traer&

Cuando se contrastan ambas escenas, cerramos los ojos y aparece una notable caricatura del inigualable Quino: en la primera escena, en una plaza pública que preside una estatua de algún héroe, un líder arenga a una nutrida concurrencia. Su tema es el "cambio", inexorable y salvador y que ya está encima. En el siguiente cuadro, la misma historia y menos gente. Los siguientes cuadros constatan la merma continua de aquellos entusiastas de primera hora; hasta el último cuadro: sólo asisten la estatua y el envejecido líder, quien contundente asevera "¡cómo cambia la gente!".

Es realmente patético observar cómo no cambia alguna gente, justo cuando a la realidad sólo le falta un látigo para obligarles a oír y ver lo que pasa. Una realidad que, además, le ofrece uno que otro burladero, una que otra oportunidad de esconderse para pasar agachaíto. Tal es el caso de la caída brutal de los precios del petróleo, ¿qué mejor oportunidad para refugiarse en "los sucesos del mundo" para echarles la culpa de lo que viene? Y la deja pasar. Es más, la desprecia y la desafía. Realmente asombroso.
 
Para quienes hablan de "esa brillante inteligencia", debe dejarles perplejos lo que ven desarrollarse ante sus ojos. Su sordera ante la realidad que le grita sobre el abismo al que corre veloz, su empeño en torcer el significado que las cosas tienen y que son las que, inexorables, le esperan a la vuelta de la esquina, son algo que todo un país observa pasmado.
 
Si es cierto el viejo refrán de que "por la boca muere el pez" quizás sea porque, como decía mi abuela y repetía mi madre cada vez que hacía falta: "nadie se arrepiente de haber callado y sí muchos de haber hablado". La lengua de Chávez, definitivamente, es su cicuta.
 
Ya lo afirmó Cristo ante los taimados fariseos: "no es lo que entra en la boca del hombre lo que le contamina, sino lo que sale de ella". Es una desgracia para él que esa lengua se vea dominada por la ira, como dijimos hace unas semanas.
 
Y nada hay más peligroso para la propia sobrevivencia que una lengua realenga. Mucho más en tiempos de archivos de video. Hoy -¿quién lo negaría?- ha dejado de ser verdad aquello de que "las palabras se las lleva el viento". No, ellas quedan y machacan y machacan.
 
Es también terrible que los archivos no sólo guarden las palabras. También guardan los gestos, los movimientos, la cara que cambia, como tan bien lo expresara en su artículo de este domingo Milagros Socorro. Las palabras se dicen ante una audiencia que quiso ser multitud, pero luego quedan grabadas para una multitud que no quiso ser audiencia y que las verá -y las entenderá- por lo que son y significan en los contextos en los que esos oyentes las capten. Y se grabarán en sus memorias, que en su oportunidad darán cuenta del efecto que les produjo.
 
Las palabras son pinceles. Van delineando una imagen, van, si ustedes quieren, imponiendo un estereotipo. Van, finalmente, dibujando un mundo muy distinto al que en un principio se quiso. Ese fue el veredicto que propuso Keller en una reciente entrevista que le hiciera César Miguel: las palabras gruesas, el lenguaje procaz y agresivo tuvieron su sentido: romper con el mundo de ayer. Ya no, con diez años a cuestas nunca concretaron nada. Sólo queda un eco que reverbera.
 
Las palabras, o mejor los gritos, son la cicuta que anuncia el desplome; que muestran, de modo fehaciente, que ya nada dicen, porque lo dicen todo, que ya terminó lo que alguna vez pretendieron decir, sin entender ni qué era, ni para qué, ni para quiénes. Quieren hacer creer que la búsqueda sigue, cuando ya terminó el tiempo y más grave aún, la paciencia de los oyentes.
 





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