Esperando al Anticristo

Por Venezuela Real - 3 de Noviembre, 2008, 11:04, Categoría: Política Internacional

Harry Blackmouth
TalCual
03 de noviembre de 2008

El casi seguro triunfo de Barack Obama en las elecciones presidenciales de EEUU ha creado una serie de visiones apocalípticas en ciertos sectores de la población anglosajona (blanca).
Tal vez una de las numerosas ironías de esta campaña presidencial es que Obama nunca estuvo asociado al establishment político negro, representado por dirigentes como Jesse Jackson, o reverendo Al Sharpton. Obama explicó que no se había podido incorporar a grupos de defensa de los derechos civiles porque no parecía negro
 
Hay una política oficial y una política extraoficial en Estados Unidos. La política oficial no menciona la raza de Barack Obama. En la política extraoficial, muchos republicanos confían en que el 4 de noviembre, cuando cada estadounidense (blanco) esté a solas en el cuarto oscuro y se disponga a sufragar, observará el rostro blanquecino de John McCain, lo comparará con el retrato en negativo de Obama, y decidirá en favor del candidato presidencial republicano.
 
La "otredad" de Obama sigue siendo el gran enigma de la campaña. Una de las frases que han entrado en circulación en estos días es que el ex primer ministro de Gran Bretaña Tony Blair parece más estadounidense que Obama.
 
Otros señalan que si Obama llega al poder, se alineará entre personajes históricos como Moisés, que sacó a los judíos de Egipto, aunque era en realidad de origen egipcio; Napoleón Bonaparte, un corso –Cuando Córcega pertenecía aún a Italia– y Adolfo Hitler, quien nació en Austria, no en Alemania. No importa que Obama haya nacido en Honolulu, Hawai, que es territorio de EEUU. Es mucho más importante que su nombre completo sea Barack Hussein Obama –con acento en Hussein– que su padre, negro, nació en Kenia, y que su madre, Ann Dunham, una blanca, nació en Wichita, Kansas. Para muchos habitantes de este país, una mujer blanca casada con un negro representa la white trash (la basura blanca), y el producto de esa unión, un ser híbrido, con un status sospechoso en esta sociedad. (Tal vez el retrato más inolvidable de ese tipo de mulatos es Joe Christmas, el protagonista de Luz de agosto, la novela de William Faulkner).

ECOS DE UNA CAMPAÑA DEPLORABLE

En ese sentido, el esta - blishment demócrata causó gran daño a Obama, con señalamientos que si no eran racistas, le pasaban raspando. Mark Penn, jefe de campaña de Hillary Clinton, la principal rival de Obama en las primarias, escribió en un memorando luego filtrado a la revista The Atlantic: "Es difícil imaginar que Estados Unidos elija en época de guerra a un presidente que no sea esencialmente norteamericano en su pensamiento y en sus valores". Y Hillary, de manera más desembozada, deseó a Obama el peor de los destinos posibles. El 23 de mayo de 2008, en una entrevista con el periódico The Argus Leader de Sioux Falls, Dakota del Sur, la senadora por Nueva York explicó que seguía en campaña para obtener la nominación presidencial pues "Todos recordamos que Bobby Kennedy fue asesinado en junio en California".
 
Afortunadamente, Obama ha seguido respirando en junio, julio, agosto, septiembre, y octubre. Pero si alguien tan sofisticado como Hillary abrigaba semejantes pensamientos letales sobre su rival ¿qué ocurre con vastos sectores que crecieron en el racista sur? Y para empeorar las cosas, Obama ni siquiera representa a la minoría negra.

Tal vez una de las numerosas iro nías de esta campaña presidencial es que Obama nunca estuvo asociado al establishment político negro, representado por dirigentes como Jesse Jackson, o reverendo Al Sharpton. Ya el senador por Illinois explicó que no se había podido incorporar a grupos de defensa de los derechos civiles porque no parecía negro. E inclusive Jesse Jackson, en una desconcertante explosión de furia contra Obama, dijo meses atrás que el candidato presidencial demócrata debería ser sometido a una dolorosa operación en sus partes íntimas, luego que se puso paternalista con los padres negros y les recomendó atender mejor a sus hijos.

UNA HAZAÑA EN TIEMPOS DIFÍCILES

No hay duda alguna que Obama es el candidato presidencial más excepcional de toda la historia de EEUU. No sólo por haber ganado la nominación presidencial demócrata, sino por la manera en que la obtuvo. En 2000, Obama estaba analizando las posibilidades de incorporarse al partido Demócrata. En 2004, ya era senador estatal, y pronunció un discurso en la Convención Demócrata que lo catapultó al estrellato. Pero aún era el negro aceptable que acataba las reglas del juego. En 2007, metió los dedos en el enchufe, al anunciar su intención de lanzarse como candidato presidencial. Y a partir de ese momento, acabó con las reglas del juego, como un astuto jugador que hace saltar la banca del casino.
 
Tanto las arcas demócratas como el establishment y las normas electorales de las primarias habían sido acondicionadas para servir a Hillary Clinton la nominación en bandeja. Obama descubrió que no podía entrar por la puerta. Por lo tanto, decidió ingresar por la ventana. Alguna vez, habrá que estudiar su campaña política, realmente excepcional. De acuerdo al sentido común, sin las contribuciones de los millonarios, es imposible financiar una campaña política en Estados Unidos. Los millonarios dieron su dinero a Hillary. Obama creó una entidad de recaudación por la internet en base a millones de simpatizantes que hacían aportes mínimos. Cuando los millonarios descubrieron que dar dinero a Hillary era como arrojarlo a un barril sin fondos, secaron sus fuentes de aprovisionamiento. Pero los simpatizantes de Obama siguieron dando sus pequeñas contribuciones de manera constante, y al final, el candidato demócrata terminó con una recaudación de 650 millones de dólares. (Para que el lector se de una idea de la cifra, es de hacer notar que en 2000 la derecha republicana logró comprar un candidato, George W. Bush, por lo que era entonces la exorbitante suma de 100 millones de dólares).
 
El otro lugar donde Obama rompió las reglas del juego fue en la campaña. Uno de los principios de toda primaria en Estados Unidos es que quien emerge ganador en el Super Tuesday (Súper Martes) de comienzos de febrero, se alza con la nominación. Ese día, se deciden primarias en los estados que son cruciales para ganar los comicios. El equipo de Hillary apostó hasta el último céntimo al súper martes, pero los resultados no fueron los apetecidos. Y para ese momento, a diferencia de otros candidatos, Obama seguía llenando los cofres de su campaña. Eso le permitió seguir en carrera. Y no sólo eso. Como Hillary se había preparado para emerger victoriosa del súper martes, no pensó que seguiría la lucha. Y durante febrero, Obama ganó en diez primarias consecutivas casi sin oposición.
 
No eran primarias importantes, pero le permitieron acumular delegados suficientes para comenzar a sacar ventaja a la senadora por Nueva York. Y allí es donde fracasó la maravillosa estrategia del partido Demócrata para consagrar a Hillary. Las intrincadas reglas del partido señalan que una vez pasado un umbral, y sin importar cuantas primarias gane el rival del favorito, éste siempre se quedará a la saga.
 
En las últimas semanas de campaña Hillary ganó, y en los estados más importantes: California, Texas, Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts y Pensilvania. Y ninguna de esas victorias le permitió superar la ventaja de Obama.
 
Ahora, la elección parece decidida y la enorme habilidad de Obama –y también la suerte, pues la crisis económica empezó a galopar entre septiembre y octubre, y McCain se quedó sin discurso– parece catapultarlo hacia la presidencia y por amplio margen.
 
En cuanto a su mandato presidencial, habrá que esperar. Al menos este cronista, sin querer ser un aguafiestas, teme un período muy difícil para Estados Unidos. Basta que un presidente intente reducir la crisis para que sea un gran mandatario. Pero Obama viene con enormes ambiciones. ¿Tendrá el activismo de un John F. Kennedy? Esperemos que no. El mundo necesita un poco más de paz, no una intensificación de la guerra. Y los antecedentes de Obama, sus discursos y sus opiniones, lo orientan, al menos en política exterior a arrastrar el sable






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