Un negro en la Casa Blanca

Por Venezuela Real - 9 de Noviembre, 2008, 13:16, Categoría: Política Internacional

Manuel Caballero
El Universal
09 de noviembre de 2008

Obama no ganó por ser negro, ni pese a serlo, sino por ser inteligente.

El título de estas notas es el primero que se me ocurre (como a todo el mundo) para comentar el resultado de la elección presidencial en EEUU; pero es igualmente falso. Porque Barack Obama no es ahora Presidente por ser negro; y ni siquiera pese a serlo. Barack Hussein Obama es Presidente por ser inteligente. Políticamente inteligente. Serlo, dice el diccionario, es tener capacidad para entender. Barack Obama entendió, y logró hacer entender a los demás, que EEUU había cambiado; y que como todos los cambios reales, estos los había impulsado lo que Richard Nixon llamó “la mayoría silenciosa”. Pero sobre todo, que ella había cambiado de campo: ya no era una rémora conservadora, sino el impulsor de los cambios. Si Obama hubiese tomado el color de su piel como bandera, habría cometido un doble error: el primero, condenarse a ser minoría hasta que los vientres de las negras diesen a su pueblo la capacidad de ser mayoría.

El discurso enemigo Y aún así. Porque esa mayoría no pasaría de ser numérica, pero poco más. Porque, y ese hubiera sido el segundo grave error de Obama, presentarse como el “candidato negro” hubiese sido aceptar el discurso enemigo, el discurso racista: los negros son “otra cosa”.

Ha transcurrido cosa de medio siglo desde aquel día de diciembre de 1955 cuando Rosa Parks, una negra de 42 años, se negó a ceder su asiento a un blanco (como una ley del Sur le obligaba), desatando, con un boicot de 180 días de los transportes públicos, la lucha por los derechos civiles que dirigió un joven pastor de 26 años, el Reverendo Martin Luther King, jr.

En política, suele suceder que sea la curva la línea más corta entre dos puntos. En lugar de ceder a la tentación de victimizarse, de lloriquear y de clamar venganza, Barack Obama decidió rodear el monolítico obstáculo del racismo. Y la más eficaz manera de hacerlo, es mostrar la faz de un hombre maduro que desafía al futuro, al revés del cuarentón que rumia sus fracasos, culpando a su infancia de su incapacidad presente.

Dos preguntas Cuando aparece en la escena política de un país (y mucho más si es el más poderoso del mundo y de la historia) surgen de inmediato dos preguntas: ¿Quién es en realidad ese señor? ¿Se puede confiar en sus promesas?

Ninguna de las dos preguntas puede ser respondida en abstracto, y mucho menos apelando a criterios morales, a juicios de valor. Barack Obama no es un gran líder político: eso no lo haría diferente de un Ronald Reagan o de un Bill Clinton. Obama es un líder histórico, y eso es posible comprenderlo sin esperar a lo que un tonto lugar común historiográfico llamaría “el juicio de la Historia”: Obama es ya un líder histórico, porque ha cumplido una parte sustancial de su obra, y aún si el azar o la locura asesina de los racistas cortase hoy mismo su vida, como se dice, “nadie le quitaría lo bailao”: su sola presencia triunfadora en esta contienda le da ya su estatura de líder histórico: después de su paso, después de este paso, ya EEUU no es ni será el mismo.

Un palo de hombre (Dicho sea entre paréntesis, en medio de su campaña se descubrió un horrendo complot para asesinarlo a él “y a cien negros más”. ¿Alguien le escuchó lloriconear sobre un magnicidio? No: eso es lo que nuestros abuelos machistas hubieran llamado “un palo de hombre”).

Vayamos a la segunda respuesta: ¿se puede esperar de él que cumpla sus promesas? Hay que comenzar por aclarar cuáles fueron esas promesas. Barack Obama no prometió ninguna revolución, ni mucho menos freír en aceite las cabezas de sus enemigos. Con su sola presencia en la Casa Blanca, ya se ha cumplido una revolución. Se dice que en su despacho tiene los retratos de Abraham Lincoln, Martin Luther King y John Kennedy. Aún tomando en cuenta el trágico destino de este último, su mensaje común es el rechazo de la división, es el mensaje de la inclusión y la reconciliación: para Lincoln, lo fundamental era conservar la unión; King no quería un reino negro: su sueño era una sociedad multirracial; Kennedy hizo historia tan solo por ser el primer católico que llegaba a la Casa Blanca en un país ferozmente “antipapista”.

Tres influencias son cuatro Si esas tres confesas influencias no bastaran, la sola experiencia de su campaña sería suficiente para dictarle a Obama su primera prioridad. Si se fuera a seguir por el conteo simple de los votos populares, su conclusión sería que EEUU está partido por la exacta mitad, entre las minorías raciales, sociales y religiosas, y la orgullosa e intolerante sociedad WASP (blanca, anglosajona y protestante).

Pero eso sería hacer caso omiso de una realidad deslumbrante: los WASP son el ochenta por ciento de los electores, y por lo tanto, fueron sus votos los que le dieron la victoria a Obama. En tales condiciones, su primera prioridad no es la economía, ni la independencia energética, ni la educación para todos, ni la salud, ni el desarrollo tecnológico: su primera prioridad es consolidar esa unión que lo llevó a la victoria. En África tiene el ejemplo de cómo se puede ratificar un liderazgo histórico o echarlo al basurero de la historia: dos contemporáneos Padres de la Patria derivaron hacia el gigante Nelson Mandela y hacia el enano Robert Mugabe.

En su caso, no puede olvidar que ni siquiera quienes votaron por su contendor eran todos unos asquerosos trogloditas: el noble discurso de McCain aceptando su derrota, imponiéndose a una parte de su público que clamaba odio y venganza, así lo demuestra.





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