Los caminos del miedo

Por Venezuela Real - 15 de Noviembre, 2008, 8:51, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

Elías Pino Iturrieta
El Universal
15 de noviembre de 2008

Llega el buen día en que la gente se harta de fantasmagorías y de bravatas

No son escasos los libros sobre la influencia del miedo en la marcha de las sociedades. Un clásico sobre la materia, escrito por el francés Delemau, da cuenta de cómo podemos actuar los hombres de manera absurda, o de cómo podemos inhibirnos ante las solicitaciones del ambiente cuando la sensaciones de un pavor compartido se nos meten en el pellejo para convertirse en una cortina espesa que no sólo se vuelve escollo para el raciocinio, sino también impedimento para la captación de lo que sucede de veras frente a nuestras narices. El autor habla de miedos sin fundamento real, cuyo origen se encuentra en el desarrollo de fantasías capaces de modificar la idea del mundo circundante hasta el extremo de que dejan de ser creaciones de la mente para asentarse en la escena cercana como si formaran parte de ella. El miedo al mar, por ejemplo, que impedía a los navegantes del medioevo expediciones hacia regiones remotas de sólo pensar en los monstruos y en los abismos que esperaban en aguas desconocidas. O el miedo a la noche, considerada como tiempo propicio para la multiplicación de los maleficios, para los paseos de los demonios y para las congregaciones de las brujas.

Pero tales reacciones, según el mismo historiador, no florecen de manera espontánea en la sensibilidad de la sociedad. Son, en buena medida, provocadas por una autoridad a la cual conviene la sumisión y para cuyo logro convierte el mundo en un desafío que no existe, pero que poco a poco se convierte en reto concreto o en fuerza capaz de uniformar las costumbres con el hábito de la docilidad. Hay elementos interesados en fomentar el miedo y no resulta difícil su ubicación a través del tiempo: los brujos en las comunidades antiguas, los sacerdotes del medioevo y las iglesias cismáticas que se establecen más tarde, los reyes ungidos por Dios, los cabecillas de sectas y sociedades secretas de diferente especie y los tiranos de todas las épocas. Como no les basta la construcción de una legalidad peculiar para la imposición de sus hegemonías, anuncian la aparición de un desfile de fantasmas cuya función no consiste sólo en trastornar la armonía del universo, la rutina más cara de cada quien, sino también en acarrear a los hombres hacia la quinta paila del infierno. Los nombres de esos embelecos han variado desde su invención: herejes, judíos, gentiles, musulmanes, negros, blancos, realistas, comunistas, extranjeros, alienígenas, malos hijos de la patria, lacayos del imperio, pitiyankis& cada cual con su dosis de malignidad y con el plan macabro de alejar a la gente del paraíso dirigido por la buena intención de quienes, así como clasifican a los energúmenos, tienen en términos exclusivos las llaves de la felicidad. Como sólo los crédulos de remate ven brujas volando en sus escobas, a partir del siglo XX la autoridad las metamorfosea en tales seres o agentes a quienes atribuye la redondez de la perversidad y contra quienes ofrece el escudo de la virtud.

Rumores

El fomento del miedo también encuentra soporte en la difusión de rumores, escribe nuestro autor. Se trata de exagerar situaciones que suceden en los aledaños y sobre las cuales faltan noticias verosímiles, de poner a circular historias que la gente acepta debido a su recurrencia o al énfasis de quien las divulga. No son sino falsificaciones, pero comienzan a pasar por moneda legal de tanto que calientan la oreja de los destinatarios, aunque se trate de la propagación de casos estrambóticos. No sin ganancias, pues la obediencia a las hablillas ha generado numerosas situaciones de caos desde épocas lejanas. Por último aparece el expediente de las amenazas, la notificación de que la autoridad va a usar el látigo para que las ovejas no salgan del redil, de que va a adelantar el averno para escarmiento de los incrédulos. Es evidente que los discursos intimidatorios suelen dar resultado, aunque quizá sin la contundencia deseada por quien los grita. Debido a que no se trata ya de enfrentar a una potencia sobrenatural, sino apenas a un sujeto con pretensiones de deidad, las inhibiciones progresivamente dan paso a la acción. Así llega el buen día en que la gente se harta de fantasmagorías y de bravatas. Se da cuenta de que puede someterlas a exorcismo con un simple movimiento de cabeza, con el solo hecho de pensar un momento con autonomía de criterio. Entonces atiende los miedos que de veras tienen fundamento -los producidos por los delincuentes, por las carestías de la cotidianidad y por la burla de los gobernantes, verbigracia- para asumir la sensatez de buscarles desenlace.






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