El mito del fiscal heroico

Por Venezuela Real - 21 de Noviembre, 2008, 12:15, Categoría: Estado de Derecho

CARLOS RAMÍREZ LÓPEZ
El Nacional
21 de noviembre de 2008

Los abogados litigantes estamos acostumbrados a los malos olores que despide el fragor del combate, porque aun vestidos de toga y usando el modo aséptico propio del trato en tribunales y cortes, somos guerreros; estamos en permanente confrontación, que aunque civilizada, es cruenta.

Viene esto al caso por la impresión que ha dejado la terrible confesión pública del fiscal Hernando Contreras que, autoinculpándose, a la vez acusa, no sólo a los personajes que desfilan en su escabrosa narrativa, sino al sistema todo, al Ministerio Público y a la judicatura venezolana. Ni nosotros, los que vivimos en medio de la vorágine tribunalicia, podemos soportar el hedor de lo que de dichas revelaciones se desprende.

Que la investigación oficial de un crimen se organizó de manera tal que condujera a otros crímenes. Que el jefe de un comando fiscal se valiera de un testigo pagado, aleccionado y ensayado. Que la autoridad a sus más altos niveles discutiera y decidiera a qué personas poner o quitar en las actas de las pesquisas. Que de la misma manera, a sangre fría, se condenara a muerte a personas ajenas al hecho. Que se asentaran declaraciones a título de prueba anticipada simulando que se daban ante un juez. Que en el colmo de los colmos aquellas actas falseadas se hacían mal y se repetían una y otra vez. Que todo esto ocurría en medio de un escándalo sangriento y cruel, con aquellas conmovedoras imágenes de la pareja de viejos, saliendo esposados y a empujones de su casa para la prisión, sin saber si llorar por la monstruosa noticia que un fiscal sin alma les gritaba que le acababan de matar a su hijo "como a un perro", o por la desdicha de perder su libertad por nada.

Y mientras tanto el circo, lágrimas falsas vertidas sobre el féretro en cuyo interior yacían unos restos que sin ser de la madre dolían más que si lo fuera, dolor fingido, exagerado, pecaminoso. Apresurados escultores amasijaban el barro para elaborar estatuas al nuevo héroe de esta comedia trágica, el verbo revolucionario encendía proclamas y honores. Había muerto un hombre, estaba naciendo un error, un enorme error que aún hoy les obliga a empujar hasta el paroxismo el carro de las mentiras, que cual insaciable monstruo de siete barrigas busca nuevas carnes para engullirlas; ese monstruo que ya se tragó a unos, y hoy amenaza tragarse a otros.

El Presidente, ante la acusación de que se trata de un crimen de Estado, en un temerario salto al vacío, y encendido por el furor electoral, ha reivindicado la versión del fiscal heroico, cuando todo el mundo, comenzando por él que cuenta con avezados servicios de inteligencia, sabe que eso no es cierto, y ha llamado a la doctora Ortega Díaz a sumarse a la fila de quienes sostienen la fantasiosa versión de que ese crimen es un derivado de la lucha de clases, que la burguesía, aliada del imperialismo, quiso con ello sacar del camino de la redención del pueblo a un pilar fundamental de la revolución, como si ella no supiera la verdad, cuando menos, de las actas forjadas y del testigo embustero, y por lo cual mandó imputar a varios protagonistas de estas felonías puestas al descubierto por los mismos que en ellas participaron. Ese "lo hice porque me mandaron" es un ritornelo acostumbrado en toda trama criminal que se descubre, después todos quieren salvarse.

Ningún poder humano es eterno, y las maldades que desde el poder se hacen, se pagan cuando el poder no se tiene.

No es recomendable embriagarse de poder y así asumir conductas lesivas a derechos humanos. Hitler no se imaginaba que dejaría de ser Hitler, Mussolini no se imaginaba que dejaría de ser Mussolini, y menos que terminaría como lo dijo Poleo.





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