El crimen del Leander

Por Venezuela Real - 23 de Noviembre, 2008, 10:46, Categoría: Dimensión Social

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
23 de noviembre de 2008

Por ironías del destino será una empresa brasileña, específicamente el consorcio Odebrecht, la responsable de ejecutar con el Metro de Caracas el crimen urbanístico que de alguna manera decretará la muerte conceptual del más importante aporte –hablo del Parque del Este– que un brasileño, el arquitecto Roberto Burle Marx, le haya hecho alguna vez a Caracas.

El Parque del Este es un hito en la arquitectura paisajista nacional y un ejemplo extraordinario de planificación del espacio público para el disfrute del ciudadano.

Concebido por Burle Marx, con la colaboración, entre otros, de los arquitectos venezolanos Fernando Tábora, John Stoddart, el lugar fue diseñado como un espacio de recreación y educación ambiental que, a la manera de un oasis, le permitiera al ciudadano común disfrutar de un ambiente paisajístico con una muestra de la flora y la fauna de las diversas regiones del país.

El presidente Rómulo Betancourt, promotor entusiasta del proyecto, definió claramente su objetivo cuando en el discurso de inauguración, el 23 de enero de 1961, expresó: "Hay unos pocos clubes de Caracas a los cuales concurren las gentes que disponen de altos ingresos. Pero la gran mayoría de la población no tenía dónde pasar sus días libres: ahora lo tendrán... Cuando regresé al país después de diez años de exilio, me pregunté angustiado adónde iban los niños y adónde iban las parejas de enamorados. Ya tienen donde ir".

Frases premonitorias. Desde entonces y hasta el presente, en una ciudad con un notable déficit de áreas verdes, el Parque del Este se convirtió en el lugar de esparcimiento preferido por los caraqueños, con un promedio de asistencia mensual de 400.000 visitantes.

Además, en una ciudad y un país que no se caracterizan precisamente por el espíritu de conservación y respeto por sus lugares públicos, el parque se mantuvo por mucho tiempo impecable, respetando al máximo posible el espíritu conservacionista con el que fue creado.

Hasta el día en que alguien tuvo la pésima y colonialista idea de instalar en uno de sus lagos la réplica de una de las tres naves con las que Cristóbal Colón cruzó el Atlántico, lo que alteró el concepto original y creó un antecedente que sirve hoy de pretexto para una intervención oficialista que cambiará para siempre el sentido de esta obra de arte.

En su manía obsesiva de destruir la memoria de la corta vida civil y democrática que ha experimentado Venezuela, y de sublimar, en cambio, las figuras militares de la épica independentista, además de eliminar del parque el nombre de Rómulo Betancourt, el Presidente ha decidido construir un descomunal monumento celebratorio de la figura histórica de Francisco de Miranda, a través de una versión hecha en concreto del Leander, el barco con el que el prócer intentó la primera incursión en la búsqueda de la Independencia de Venezuela.

No se trata de una obra menor y reversible como lo era la Santa María. Estamos hablando de un proyecto descomunal de casi 4.000 metros cuadrados de construcción, equivalente en tamaño a una estación del Metro, con una inversión de 8 millardos que implica, además de la réplica del velero con un mástil de aproximadamente 36 metros de altura y la construcción subterránea de varios pisos de exposición, que alterarán para siempre el sentido original del proyecto de Burle Marx y reventarán, como una pedrada en el ojo, la armonía de un lugar originalmente concebido para el reposo, el sosiego, la actividad deportiva y el disfrute de la naturaleza creativamente domesticada.

Una vez terminada la obra, el parque entero quedará reducido a la condición de jardín de acceso al monumento de Miranda.

Pero así es el proyecto político de la elite cívico-militar que nos gobierna y la ética de los profesionales que sin escrúpulos convierten en obras sus ideas. No hay espacio para el silencio, la intimidad, la individualidad ni la belleza.

El Jefe Único quiere que todo lo público drene ideología, se convierta en épica nacional, excrete memoria histórica condicionada y nos recuerde, como el Gran Hermano de Orwell, que él está presente en todo lugar aunque sea por la figura mampuesta de los héroes militares de la Independencia, de quienes, se supone, es la reencarnación. ¿Lo aceptaremos resignadamente?






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