Las crisis fortalecen las economías

Por Venezuela Real - 27 de Noviembre, 2008, 8:20, Categoría: Economía

María Elena González Deluca*
TalCual
27 de noviembre de 2008

Por lo menos desde el siglo XVIII el capitalismo ha visto formarse y estallar varias burbujas financieras. A veces con daños mayores en la economía productiva, pero sin efectos letales. En las últimas semanas se citan con frecuencia, y con poca precisión, la crisis del 29 y la que se vive hoy. ¿Qué hay de cierto en esto? De entrada hay que decir que no son lo mismo, porque en historia no hay dos fenómenos iguales. Al contrario, mientras más severos son los signos de la crisis, más fortalecido ha salido el sistema. Hasta ahora ha sido así. Sin embargo, siempre se anuncia la desaparición de la economía capitalista

Las contradicciones humanas son pan que comemos cada día pese a los efectos catastróficos que suele tener en la salud social. Tenemos la revolución pacífica pero armada, la condena al capitalismo mientras se disfrutan sus mieles, la confusión entre la racionalidad capitalista de la ganancia y la emoción obsesiva de ganar siempre más, o no perder nunca. Como decía el señor Carlos Marx, la historia no es una fuerza ciega, la hacen los hombres, así que una y otra vez empujamos la historia en la dirección equivocada, y de pronto nos encontramos frente a realidades que no nos gustan: hambrunas, dolor, angustia, ruina, como parece que estamos hoy ante el derrumbe de las finanzas mundiales.

Otra vez el oso, símbolo de la tendencia a la baja en la jerga de Wall Street, frena la embestida del toro, el emblema de la tendencia alcista. Quienes conocen algo de historia dirán esa película ya la vi.

Pero la memoria es mala y las veces que tropezamos con la misma piedra parecen infinitas.

LAS BURBUJAS FINANCIERAS

Por lo menos desde el siglo XVIII el capitalismo ha visto formarse y estallar varias burbujas financieras. A veces con daños mayores en la economía productiva, pero sin efectos letales. Al contrario, mientras más severos, más fortalecido ha salido el sistema.

Hasta ahora ha sido así. Sin embargo, siempre se anuncia su desaparición.

En esta ocasión, muchos intentan, por vía de la comparación, determinar si la crisis actual será una sacudida como otras, o un gran sismo como la de 1929, que se prolongó en la depresión de los treinta. En las últimas semanas se citan con frecuencia, y con poca precisión, estos dos memorables hechos. Unos dicen que la crisis del 29 es diferente y otros que es igual a la que vivimos hoy en día.

¿Qué hay de cierto en esto? De entrada hay que decir que igual no es, porque en historia ! no hay dos fenómenos iguales. Veamos qué pasaba en los veinte.

Después de la primera guerra, Europa quedó atrapada en una crisis compleja. "Ahora sabemos que somos mortales", escribía Paul Valéry. Mortales y deudores de Estados Unidos que quedó como el gran acreedor de la posguerra. Inglaterra, antes la proa del capitalismo, atravesaba una crisis de obsolescencia, en medio de gran agitación social. Alemania, a duras penas superaba lo peor de su crisis económica y se enganchó en la nefasta trampa del nazismo.

Francia, un poco menos expuesta a las dificultades, no quedó tampoco al margen. El fascismo dominaba en Italia.

LA ILUSIÓN DE LA PROSPERIDAD

Estados Unidos, en cambio, después de un tiempo de reajuste, pasó a ser una isla de prosperidad. Era la primera potencia industrial del mundo, con una ocupación casi plena, una productividad que creció 40% y un índice de precios en descenso que trajo bienestar a gran parte de sus más de 100 millones de habitantes. La "Prosperidad Coolidge" publicitada en diarios, revistas y en la radio, la novedad de la época, reforzó la esperanza de enriquecerse en poco tiempo, y con más ingenio y suerte que trabajo. El mito de los harapos a la riqueza parecía invencible.

La cultura urbana vigorizada por la electricidad crecía impetuosa y los atractivos de la ciudad, automóviles, entretenimientos, la vida nocturna, el cine, la moda, las grandes tiendas, los lugares para exhibirse, animaban el deseo de disfrutar de todo lo que compra el dinero. Para la población, por primera vez mayoritariamente urbana y gobernada por republicanos (Harding, Coolidge y Hoover¬), defensores de los grandes negocios y las grandes corporaciones industriales y financieras, el supremo ideal era hacer dinero.

La vía para lograrlo sin que la vida se consumiera en el intento, era aprovechar el afán de consumo, comprar, por lo general con sólo un adelanto, y vender en poc! o tiempo a un precio mucho mayor.

Puesto que muchos pensaban ahora en días de ocio, vacaciones y retiros, la especulación se hizo fuerte en los terrenos de la Florida, la Riviera Americana: sol, mar y palmeras al alcance de todos en Miami. La ciudad se urbanizaba a toda marcha y pasó a ser una febril bolsa de bienes raíces, se compraban terrenos con un adelanto, a veces sin verlos, y en sucesivas ventas el precio subía, 100, 200, hasta 400%.

El frenazo vino el 18 de septiembre de 1926 cuando uno de los peores huracanes dejó miles de muertos, decenas de miles sin hogar y una extensa destrucción.

Los bancos de Miami con cuentas por más de mil millones de dólares en 1925 cayeron en 1928 a poco más de 143 mil, se esfumaron así créditos, hipotecas, valores, y muchas ambiciones. Sin embargo, en 1930 la ciudad seguía creciendo, aunque más moderadamente. Con una población 50% mayor que diez años antes, Miami no perdió su futuro.

Pero la fábula que cautivaba a los que soñaban con grandes fortunas se inspiraba en las historias de la Bolsa de Nueva York. Allí hacían negocios los grandes, Rockefeller, Mellon, J. P. Morgan, Durant, Raskob, y las grandes, Goldman, Sachs & Co., ATT, General Motors, R.C.A., General Electric. Y se añadieron nuevos personajes: la enfermera que había comprado acciones y ahora era rica, el anciano retirado que vivía cómodamente gracias a las ganancias de la bolsa, y así. La gente común comentaba las cotizaciones en sus conversaciones y aunque parecía que todos compraban en ese mercado, en realidad no eran mucho más de un millón de personas, aunque no hay datos precisos. Pero era suficiente para que, con tasas de interés bajas, crédito disponible y corredores de valores dispuestos a financiar operaciones en la bolsa, las acciones subieron a niveles imprudentes.

ENTRE EL OSO Y EL TORO

Los problemas comenzaron en 1928. Vale la pena resumir las peripecias de la bolsa desde que se encendieron las alarmas y empezó una especie de torneo entre los que apostaban al alza sin límite de los valores, y los que veían el peligro de un derrumbe del sistema financiero porque la bolsa ya no reflejaba valores reales, sino el empeño ciego en aumentar las ganancias.

Los corredores de bolsa, los dueños de acciones y los factores de poder, gobierno y corporaciones, se contaban entre los que apostaban al toro, en tanto que algunas voces importantes y prudentes y la Reserva Federal alertaban sobre la amenaza del zarpazo del oso si no se imponía un equilibrio más sensato. En febrero y en mayo de ese año la Reserva aumentó la tasa de interés a fin de encarecer los préstamos empleados en la bolsa, pero por unas semanas los valores siguieron subiendo.

En junio, mientras se definían las candidaturas presidenciales, el mercado alcista se derrumbó, pero volvió a recuperarse y luego empezó a oscilar.

Herbert Hoover ganó la nominación republicana y los demócratas presentaron un candidato católico, de origen irlandés y antiprohibicionista, Alfred Smith, demasiado nuevo para la mayoría. Hoover ganó la presidencia.

EL DERRUMBE

La bolsa comenzó a subir otra vez, pese al interés del capital fijado en el 5% y luego en 6%. Si meses antes parecía increíble que se transaran en una misma jornada 5 millones de acciones, en noviembre se negociaron casi 7 millones. El precio de las acciones de la RCA (Radio Corporation of America) subió de 150 a 400, Montgomery Ward pasó de 200 a 439. La gente se aferraba al mito de que Midas acampaba en la Bolsa.

Sin embargo, el efecto ascensor, para arriba! y para abajo, era imparable. La Reserva, impedida de subir más las tasas por el riesgo de paralizar el crédito y los negocios, pidió a los bancos en febrero de 1929 no financiar operaciones en la Bolsa. Por unas semanas pareció surtir efecto, pero pronto los préstamos con fines especulativos casi duplicaron el monto de dos años antes.

La pirámide de capital subía y subía.

Los corredores de acciones vendían valores de los trusts de inversiones que poseían acciones en holdings, que a su vez eran dueños de acciones de bancos afiliados a otros bancos que controlaban a su vez otros holdings, y así seguía la cadena. El promedio de los precios de las acciones de las industrias más importantes, según Dow Jones y Cía. registró su punto más alto el 3 de septiembre de 1929.

El mercado operaba en arena movediza y los esfuerzos de los banqueros por infundir confianza eran inútiles.

Vinieron los días negros de octubre, y el jueves 24 una enorme avalancha de órdenes de venta creó un estado general de pánico. Los valores se deslizaban a tal velocidad que la cinta registradora se atrasaba constantemente, al cierre se habían vendido 12.894.650 acciones.

Los cinco banqueros más importantes reunidos de urgencia aportaron 40 millones de dólares cada uno para evitar el derrumbe, pero ni esto ni las declaraciones tranquilizadoras del presidente Hoover fueron más que un dique temporal. Peor fue el martes 29 de octubre cuando cambiaron de manos 16.410.030 acciones, algunas ofrecidas por el precio que fuera, y la caída fue indetenible pese al esfuerzo de los bancos, grandes corporaciones y del gobierno de Hoover por evitarla. El 13 de noviembre de 1929 las cotizaciones de las cincuenta principales acciones alcanzaron su mínimo, de un promedio de 311,90 en septiembre bajaron a 164,43. El mercado alcista había quedado atrás y comenzaban las historias de la riqueza a los harapos.

*Doctora en Historia, Master en Historia Económica de London School of Economics. Fundó y dictó l! a asignatura "Historia Contemporánea de Estados Unidos", en la Escuela de Historia de la UCV, entre 1978 y 2007.


 





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