La torre argentina

Por Venezuela Real - 28 de Noviembre, 2008, 15:17, Categoría: Política Internacional

Iván de la Torre
TalCual
28 de noviembre de 2008

Los Kirchner, al igual que Evita, Fidel y Chávez, siguen creyendo que basta con hablar sobre un tema para que la realidad se adapte a sus deseos

Perón trasladó a la política todo lo que había aprendido como militar y sus libros demuestran la forma tortuosa en la que fue adaptando sus estrategias para lidiar con los siempre pesimistas argentinos entre 1943 y 1955.
 
El exilio definió al segundo Perón: un hombre que a los sesenta años de edad tuvo que aprender a manejar el poder desde la distancia, sabiendo que muchas de sus órdenes no se cumplirían por lo que la sutileza y el arte de ocultar sus sentimientos y reacciones en público eran la clave para recuperar lo que había perdido, en un complicado juego de ajedrez donde lo principal era nunca mostrar los sentimientos frente al adversario ni dejarse llevar por las emociones de sus seguidores.
 
El delicado arte de la contención que le permitió a Perón ignorar los desplantes y las pequeñas traiciones de los hombres que decían representarlo no es un don heredado –ni siquiera aprendido– por los siempre furiosos Kirchner, que se sienten mas cercanos a Evita.
 
Para ellos, esa mujer pasional a quien el menor gesto bastaba para enfurecer, es el modelo a seguir en sus discursos y apariciones públicas; ellos creen sinceramente que la estrategia política de Perón es inferior a la capacidad de Evita para transmitir sus sentimientos más íntimos diciendo exactamente lo que pensaba. Atados a esa imagen, cualquier atril les sirve para dar encendidos discursos, confiados en que ante tal derroche de pasión los demás entenderán inmediatamente sus razones y se unirán gloriosamente a la revolución que proponen.
 
VERBORREA SIN FIN

La política y el arte de la sutileza usados por Perón no existen en ese momento de gracia divina, siempre ante un micrófono, donde la verdad se les presenta –como al Señor Smith de Capra– en una llamarada y los consume (Otros adictos a estos despliegues mediáticos son Fidel Castro y Hugo Chávez).
 
Ambos K comparten la misma pasión por la oratoria verbosa y recurrente y la aplican sin compasión en cualquier lugar. Así, en sus discursos, –que caen frecuentemente en la verborrea–, intentan unir varias ideas pero terminan, inevitablemente, siendo simples listas de acusaciones deshilachadas contra aquellos que se atrevieron a cuestionarlos, olvidando que sus interlocutores pueden estar poco interesados en sus problemas domésticos y los enemigos que cosecharon en la última semana; pero a los K no les importan esos detalles menores porque, adictos al sermón público, siguen creyendo que basta con hablar interminablemente sobre un tema para que la realidad se adapte a sus deseos y sus sufridos oyentes vean los hechos bajo la luz que ellos generosamente les ofrecen.
 

Néstor Kirchner afirmó recientemente en Santiago de Chile que la economía argentina es lo suficientemente fuerte para soportar la crisis internacional y su esposa narró en Washington, frente a los líderes más importantes del mundo, sus peleas por los fondos de pensión. Ninguno cree que haya un problema del que ocuparse mas allá de las interminables rencillas domesticas porque Argentina tiene la receta para sobrevivir a la crisis: los demás deben limitarse a escucharlos y todo irá bien.

No hay en ellos, como tenía Perón, un discurso público y una estrategia privada pensada para alcanzar un objetivo final: los K creen en las verdades que descargan en sus interminables discursos paralelos y cuando los hechos los contradicen simplemente se niegan a verlos: después de todo, su realidad es solipista: todos somos, apenas, una sombra desprendida de ellos por lo cual nuestra opinión –seamos quienes seamos, desde un político opositor a un empresario extranjero o el presidente de España–, no tiene ningún valor.
 
Como el Coleridge comentado por Borges, a ellos "sólo le importaba hablar. No le importa el interlocutor, ni nada", seguros de que todo lo que dicen es una verdad revelada que ellos generosamente comparten con nosotros aunque les digamos y repitamos que realmente no nos interesa porque los hechos simples y efectivos muestran como se equivocan una y otra vez en sus predicciones. En palabras de Perón: "la única verdad es la realidad"; algo que ellos todavía no entienden.






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