De qué democracia hablamos

Por Venezuela Real - 30 de Noviembre, 2008, 21:19, Categoría: Prensa Internacional

Natalio R. Botana
La Nación - Argentina
30 de noviembre de 2008

Las elecciones del domingo en Venezuela han trazado un nuevo mapa político

Por donde se los mire, los comicios del domingo pasado en Venezuela son reveladores del estado de las democracias en nuestro continente. Uno de los rasgos salientes de la experiencia chavista consiste en que en Venezuela se vota con frecuencia y no sólo para ratificar el liderazgo del conductor de un proyecto "bolivariano" bautizado como revolucionario y socialista. El pueblo venezolano vota, además, con un sugestivo margen de autonomía que le ha permitido, primero, derrotar a Chávez en diciembre de 2007 (en el referéndum para habilitar la reelección ilimitada del presidente), y luego otorgar en estas elecciones alrededor del 45% de los sufragios a los candidatos opositores.

Sin ser mayoritario, este resultado que se concentra en estados densamente poblados y en la alcaldía de Caracas, está diseñando paso a paso un nuevo mapa político. La oposición avanza, pese a que por el momento no cuenta con un referente capaz de aglutinarla comparable a Chávez. Gracias a este atributo propio de una relativa libertad en las urnas, es posible trazar alguna restricción frente a la hegemonía populista. ¿Se debe, acaso, este fenómeno a la configuración interna del poder chavista, o, tal vez, a la dinámica de una sociedad activa cuando le toca emitir su voto? Son preguntas pendientes que abren campo a una reflexión acerca de la fuerza legitimante en Iberoamérica de la democracia electoral.

Conviene subrayar este juicio: en nuestros países, las elecciones tienen valor propio y se imponen como patrón indispensable para medir la popularidad de los gobiernos. Esta no es, ciertamente, una regla sin excepciones como, por ejemplo, se puede constatar en la Nicaragua que, bajo la férula de Daniel Ortega, sufrió hace pocas semanas un vicioso fraude electoral (según denuncias de Sergio Ramírez, un nicaragüense de fuste en los campos cultural y político).

Pero volvamos a Venezuela. El hecho de que funcionen los resortes de la democracia electoral no significa que se haya instaurado una democracia institucional (seguridad jurídica del Estado de derecho, separación de poderes con sus frenos y contrapesos, transparencia de los actos de gobierno y rendición de cuentas de los gobernantes). El contrapunto entre una democracia en acto en el plano electoral y una democracia pendiente en clave institucional, genera una constante erosión en la voluntad hegemónica de los gobernantes.

Las hegemonías con vocación populista buscan incorporar a los sectores marginales y excluidos a un nuevo esquema de representación. No pueden prescindir de unos liderazgos presuntamente omnipotentes, pero tampoco pueden hacer caso omiso de una legitimidad de resultados en cuanto a los efectos de su gobierno. Chávez atacó a los medios de comunicación y, en general, a las libertades que, con desprecio, se suelen denominar "libertades formales". Lo hizo convencido de que había que colmar un espacio de "libertades reales" merced a unas misiones consagradas a desarrollar, con asistencia cubana, la salud, la educación y la asistencia social.

Sin embargo, uno de los problemas más serios de la democracia institucional deriva de la incapacidad para enfrentar con éxito el reto de la inseguridad de la vida en las aglomeraciones urbanas. Allí, en ese desamparo vital de los que menos tienen, brotan la violencia y el crimen. De no resolver este problema de manera aceptable, las otras misiones pueden desdibujarse en el repertorio de las expectativas ciudadanas.

Esto es lo que, en buena medida, ocurrió en Venezuela si nos atenemos a dos datos significativos. El primero señala que, en diez años, los homicidios se duplicaron en tierras de Chávez. Por lo tanto, Venezuela no es ajena a un movimiento que envuelve a todas las megalópolis sudamericanas y rasga el velo tanto sobre las desigualdades como sobre la ineptitud y corrupción de nuestros Estados.

El segundo dato, de ser confirmado, alude a la derrota chavista en Caracas y, dentro de ese conurbano, en el asentamiento del Petare, una extensa villa miseria con una población de alrededor de 1.400.000 habitantes que, como un anfiteatro de la miseria, va trepando sobre una de los colinas que rodean la ciudad. Estos resultados sitúan el argumento democrático en el nivel referido al desenvolvimiento de una democracia de ciudadanos. No se entiende la ciudadanía sin una autonomía capaz de resistir el clientelismo de los caciques electorales del gobierno. Como decía el filósofo Alain, ésta es la lucha "del ciudadano contra el poder". Una versión pesimista de los vínculos opacos que se trazan entre los productores del voto y las poblaciones marginales, suscribe la hipótesis de que es muy poco lo que se puede hacer para romper esas redes. Frente a estos resultados, no parece que la imagen de un habitante sin temple ciudadano sea tan resistente.

En realidad, de cara a la falencia de los gobernantes, la democracia sigue abriendo brecha. Más allá de los movimientos estratégicos de Hugo Chávez para pactar nuevas alianzas (como si la Rusia de Putin y Medvedev fuera equivalente a la Unión Soviética), estas advertencias se proyectan sobre todas las megalópolis en Iberoamérica. Nadie tiene definitivamente adquirida la victoria. Lección no desdeñable para nuestra política en el Gran Buenos Aires.





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