El tamaño de la ambición

Por Venezuela Real - 30 de Noviembre, 2008, 11:23, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

Alberto Barrera Tyszka
El Nacional
30 de noviembre de 2008

Los venezolanos conocemos de sobra el talento histriónico de Hugo Chávez. Sabemos de su inmenso potencial actoral

Hay una forma infalible para diagnosticar la rabia del Presidente: los chistes. Cuando está furioso y alterado, todos los chistes le salen mal. Los venezolanos conocemos de sobra el talento histriónico de Hugo Chávez. Sabemos de su inmenso potencial actoral, de su capacidad de trabucar un plan en una desgarradora escena, desbordante de naturalidad. Pero cuando está muy molesto, el espectáculo se le desarma. No sabe qué hacer con el enojo. No halla dónde poner la irritación, cómo esconderla, de qué manera disfrazarla. Chávez no sabe disimular la rabia. Lo intenta. Lo intenta en serio, pero no le sale. Se le desvía la sonrisa. La ironía le queda torcida. Los comentarios jocosos terminan medio choretos. Las ocurrencias no le suenan... Algo anda mal en Miraflores: el humor está en fuga.

En la rueda de prensa con corresponsales extranjeros, esta semana, fue más que evidente. Chávez quería lucir confiado, tranquilo, hasta feliz. Como si nada hubiera pasado. Tal vez creía que podía contagiar a los medios internacionales con una suerte de sketch donde un vencedor despreocupado hace algunas bromas sobre lo ocurrido el domingo. No fue así. La ceremonia Chávez, esa tarde, no funcionó.

Puso el empeño, insistió, hasta intentó cantar unas líneas de Silvio Rodríguez: nada. Incluso desafinó. La música pareció crujir en el aire.

Trató, en distintas oportunidades, de hacer imitaciones burlonas, pronunciando muchas erres en la palabra régimen, apelando a la oposición que lo acusa de dictador y de tirano. Tampoco funcionó.

Ironizó con los "analistas sesudos", con el periodismo que no busca la verdad, con todos aquellos que no reconocen su infinito talante democrático.

Lo mismo. Había algo que no hacía clic. Nada tenía demasiada gracia. La alegría del poder no resultaba convincente.

Por debajo de todas las muecas, se asomaba siempre una inquietante exasperación.

También hay que reconocer que no es nada fácil convertir un fracaso en un éxito.

Esas mutaciones suelen ser muy complicadas. Sobre todo después de una campaña electoral tan desmedida y despiadada. Todavía está demasiado reciente la imagen de Chávez anunciando que iban a "pulverizar" a la oposición; pidiéndole a sus seguidores aplastar a la contrarrevolución; hablando de la gran amenaza –para el proceso y para él mismo, personalmente– que implicaba el triunfo de la oposición en cualquier estado: vienen por mí.

Por eso, ahora, resultaba algo sorprendente ver y oír a Chávez minimizando los resultados electorales, haciendo maromas con los números, para demostrar que no había pasado nada, que en realidad la oposición perdió y el gobierno obtuvo otra nueva y contundente victoria. El Presidente actuaba como si tuviera una intensa piquiña en el ánimo. No toleraba la derrota pero, al parecer, toleraba todavía menos la celebración de la oposición. Por más que ensayaba un desdén saludable, siempre terminaba dejando escapar un trozo de su bolivariana arrechera.

Ahí, quizás, estaba el Chávez más auténtico, respirando agitado, harto de tener que decir ¡yupi! frente a las cámaras, ¡estamos de fiesta! ¡Miren qué bien salimos! ¡Somos la propia rumba! Lo militar es intolerante por naturaleza. Su definición es la verticalidad, la obediencia. El uniforme es también una manera de distinguir a los demás, a los distintos. Esa naturaleza, tal vez, era la que resoplaba soterradamente en esa rueda de prensa. Después de autoelogiar su talante plural, su aceptación de los resultados, señaló que en los estados donde había ganado la oposición en verdad había ganado la "falsa democracia", la "tiranía de la burguesía".

Cuando le tocó referirse a los partidos que están con el proceso pero que no acompañaron a los candidatos del PSUV fue todavía más tajante: aquí no hay disidencia. Lo que hay son traidores. Cuando tuvo que enfrentar la derrota en el municipio Sucre, perdió todos los guiones posibles y terminó afirmando: "Hemos perdido Petare porque eso está lleno de ricos pudientes y racistas". Es una frase memorable. Tan increíble como ciega.

Es obvio que la victoria de la oposición necesita muchas comillas. Es obvio que los resultados muestran un dominio aplastante del oficialismo. Pero fue el mismo Chávez quien, en la confrontación electoral, comenzó a magnificar esta victoria. Fue él quien organizó la campaña, nuevamente, a su alrededor. Fue él quien le dijo al país que, otra vez, estábamos ante una elección definitiva.

La revolución está en juego.

Chávez está en juego... No quería perder nada. No quería ceder nada. No deseaba compartir ningún poder con nadie. La derrota tiene el tamaño de su ambición. Ahora Venezuela es de todos.





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