Macho, dijo la partera

Por Venezuela Real - 4 de Diciembre, 2008, 9:24, Categoría: Cultura e Ideas

Iván de la Torre
TalCual
04 de diciembre de 2008

Menem y Kirchner coinciden con Perón en la seguridad de que el poder no puede ser compartido con nadie, ni siquiera con sus mujeres

Perón apoyó públicamente a Evita en sus campañas sociales pero vetó su candidatura a la vicepresidencia y luego de su muerte se encargó de recalcar que, sin su mano maestra detrás, no hubiera llegado a nada: "yo la hice", repetiría, con la pasión del que conoce la verdad única detrás de los hechos e intenta establecer un canon oficial que debe seguirse bajo pena de excomunión.


Para él, sólo existía Perón y todos los demás eran figuras intercambiables que podían servirle en un momento determinado pero que con la misma rapidez podían perder su favor y desaparecer. La misma Evita era sustituible y cuando los hechos le demostraron lo contrario –la multitud pidiendo que Eva fuera candidata; los montoneros reivindicando, antes que nada, la figura de Eva mártir–, Perón endureció su discurso hasta dejar en claro quién mandaba. La decisión de que su tercera mujer se convirtiera en presidenta también fue un gesto destinado a embellecer aún más su propia estatua de cara a la posteridad y poner todo en la perspectiva correcta ante la historia: la pobre María Estela (rebautizada Isabel), una artista menor a la que había conocido en un cabaret panameño, no podía hacerle sombra y Perón sabía que cada uno de sus errores políticos sería un halago póstumo para él.
 
Como ironizó sobre sus enemigos: no es que nosotros fuimos buenos, los que vinieron fueron peores.
 
Carlos Menem y Néstor Kirchner, con sus amplias diferencias públicas (y sus aún más amplias coincidencias políticas), comparten con Perón la seguridad de que el poder no puede ser compartido con nadie, ni siquiera con sus mujeres: Menem expulsó a su esposa –de la que había estado virtualmente separado durante toda su carrera política, con las excepciones de las fotos necesarias para ganar las elecciones o presentarse como candidato– con una frase cruel pero pragmática y funcional a sus ideas ("el poder no es un bien ganancial").


Kirchner, a pesar de su desprecio expreso por el menemismo, parece suscribir letra por letra: para ambos, sus mujeres son piezas a las que puede sacrificarse sin ningún escrúpulo en caso de que le disputen el poder o la atención pública; personas que sirven transitoriamente como trofeos que exhibir ante los medios en un país donde todavía se necesita sostener la imagen de la pareja feliz para alcanzar la presidencia (luego los acuerdos se rompen y las parejas viven en casas elegantemente distanciadas y ocultas del ojo público).
 

CRISTINA DESAMPARADA

Kirchner ni siquiera intenta proteger a su mujer, disimulando que todas las decisiones que toma el gobierno están sujetas a su voluntad y la promesa más solemne puede romperse si él lo decide, como demostró desautorizando a la presidenta en ejercicio luego que esta le prometiera tres veces a Rodríguez Zapatero que las negociaciones con los dueños de Aerolíneas Argentinas serían justas y en el marco de la ley.
 
El Mundo describió correctamente la situación: "El hombre que desde su oficina en Puerto Madero mueve todos los resortes del poder", mientras The New York Times aclara que Néstor no está al frente del gobierno: una confusión que los propios argentinos no necesitamos. Todos sabemos quién decide qué puede hacerse y qué no.
 
La propia Cristina parece haber aceptado, como todos los funcionarios cercanos al ex presidente, que lo ideal para trabajar con él, un ególatra de importancia, es limitarse a cumplir sus órdenes sin discutirle nada; ni siquiera el hecho de que será ella quien cargara con el costo político por sus malas decisiones, especialmente ahora que Néstor, como señaló el ex jefe de gabinete Alberto Fernández: "Hace lo que no hacía cuando era presidente".
 
Una forma de degradación irónica dirigida a sus mujeres que los presidentes peronistas copian de su líder: la destrucción del heredero significa para ellos asegurarse su propia gloria póstuma, especialmente a la odiosa hora de las comparaciones, donde los historiadores verán que sus gobiernos fueron malos pero los que vinieron después –puestos a dedo por ellos mismos para beneficiarse por la mala prensa– fueron peores, lo cual deja todo en un hipotético empate y los libra de culpa.






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