Una tragedia

Por Venezuela Real - 7 de Diciembre, 2008, 12:39, Categoría: Política Nacional

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
07 de diciembre de 2008

Lo que primeramente se conoció a secas como chavismo y hoy se autopromociona como socialismo del siglo XXI, se presentó al comienzo como una esperanza de renovación de la democracia, devino luego en un proyecto presidencialista, militarista y estatista de refundación de la República, para terminar en el presente convertido en una tragedia.
 
Hablo de tragedia en su sentido literario, la de los griegos y las obras de Shakespeare, como un tipo de relato en el que –ya sea por designio de los dioses o por decisiones humanas fatales o perversas– los personajes centrales caminan amortajados hacia su propia destrucción. Como Edipo, que mata a su padre, se casa con su madre y, presa del horror por lo que ha hecho, termina arrancándose los ojos.
 
La de Hugo Chávez, como personaje central, y su telón de fondo, la élite cívico-militar que le acompaña, no es precisamente de crímenes palaciegos ni de incestos cortesanos. Su tragedia –y de allí su desesperación actual– viene asociada a probables y repentinas iluminaciones que les hacen entrever la distancia cada vez mayor entre la República socialista y justa, de palabras y buenas intenciones, que el Presidente predica a diario y la nación deficitaria, capitalista, lesionada y en situación de debacle que tercamente continúa como realidad a contracorriente de sus esfuerzos y, sobre todo, de sus palabras.
 
No lo olvidemos: en enero próximo se cumplen diez años de gobierno. En diez años, Fidel Castro y el Partido Comunista habían convertido a Cuba en un país inequívocamente socialista a la manera soviética, eliminado la propiedad privada, pasado por las armas, enviado a la cárcel o al exilio a quienes disentían del proyecto, transformado el país en una potencia olímpica, hecho temblar a lo gringos con unos misiles colocados a la puerta de su casa y creado una de las mitologías revolucionarias más poderosas del siglo XX.

En diez años, Rómulo Betancourt y Acción Democrática, con el apoyo de Copei y URD, habían convertido a Venezuela en una de las democracias representativas más sólidas de América Latina, logrado por primera vez una transición pacífica entre dos presidentes libremente electos, derrotado a la guerrilla de inspiración marxista y a la derecha golpista militarista, desarrollado importantes planes educativos que cambiaron la faz del país y construido grandes obras como la represa del Guri y el puente sobre el lago de Maracaibo.
 
En cambio, en estos diez años nadie puede decir que se ha consolidado algo equivalente a lo de Castro o a lo de Betancourt. A pesar de que estamos frente al grupo en el poder que más grandes recursos económicos ha manejado, y dispuesto de las mayores libertades para gobernar a su antojo, no existe revolución alguna. Transición hacia otro modelo de democracia y de economía más avanzados, tampoco.
 
El sueño del partido único que lo controlaría todo se ha desvanecido gracias a una disidencia ciudadana que no sólo resiste, sino que crece sostenidamente. Se ha consolidado una nueva clase política, pero sus miembros más prominentes acaban de recibir contundentes derrotas. Se hizo una nueva Constitución y muchas más empresas son ahora del Estado, pero Venezuela es tan o más inequitativa, desigual, consumista, insegura, improductiva, dependiente de las importaciones, desordenada y caótica, que hace diez o quince años.
 
Lo expresa magistralmente una vieja balada popular transilvana: "Lo que se construía de día, de noche se derrumbaba".
 
Como los gallineros verticales, la soberanía agroalimentaria, el anuncio rojo de ganar todas las gobernaciones, el juramento presidencial de no dormir más nunca mientras haya un solo niño abandonado en las calles.
 
Diez años para producir un híbrido que no es ni un capitalismo boyante, ni un socialismo igualitario; ni una "dictadura perfecta" como la del PRI, ni una democracia de avanzada, como las nórdicas.

En esas condiciones la pulsión de gobernar hasta la muerte se muestra en su desnudez impúdica no como la concreción de un proyecto colectivo sino como una vocación personal a la que solamente se puede aspirar sincerándose, es decir, ejerciendo el poder por la fuerza.
 
Esa es la tragedia.





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