Paz: primera necesidad

Por Venezuela Real - 11 de Diciembre, 2008, 11:25, Categoría: Cultura e Ideas

OVIDIO PÉREZ MORALES
El Nacional
11 de diciembre de 2008

Demasiada confrontación se respira en el ambiente. Odio y violencia abundan

Podemos comenzar esta reflexión recordando qué no es paz.
 
Paz no es simple ausencia de guerra. Ni solo equilibrio de fuerzas adversarias.
 
Ni tampoco producto de una hegemonía despótica.
 
Paz es, primordialmente, positividad. Entraña integralidad, armonía, perfección. Es el hondo sentido en que lo usa la Biblia. Shalom implica estar bien, con salud, en orden, feliz.
 
De allí que el saludo de la paz equivale a una oración: que Yahveh esté contigo, te cubra con su bendición, la cual encierra riqueza de ser, de vida.
 
Corazón y centro de la predicación de Jesús es el "Reino de Dios (o de los cielos)". Alrededor de este eje articula sus discursos, teje sus parábolas, realiza sus obras. Y ese Reino es la paz que Dios ofrece, regala ya y, al mismo tiempo, promete como destino supremo para toda la humanidad. Jesús mismo constituye la manifestación más patente del Reino.
 
El profeta Isaías define la paz como obra, fruto, de la justicia, en el denso sentido que la Escritura asume este término, que abraza, entre otras cosas, la solidaridad. Por eso el Concilio Ecuménico Vaticano II definió la paz también como "fruto del amor" (IM 78).
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En el Sermón de la Montaña, el Señor proclama: "Bienaventurados los que trabajan por la paz" (Mt 5, 9). Felices los pacíficos y los pacificantes. La paz ha de entenderse, así, en un sentido activo, dinámico, comprometedor. Porque la paz es don de Dios y edificación humana. Por eso es preciso pedirla, pero también construirla y ofrecerla.
 
Entre los textos más hermosos de la Escritura se encuentran aquellos en que Isaías dibuja los tiempos mesiánicos como convivencia de paz: "Forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra" (2, 4). "Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, y el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá... y en el agujero de la víbora el recién destetado meterá la mano" (11, 6-18). Y Cristo aparece, en el mismo Isaías, como "Príncipe de la paz" (9, 5).

Los venezolanos debemos darnos en esta Navidad un especial saludo de paz. Porque la necesitamos. La urgimos.
 
Demasiada confrontación se respira en el ambiente. Odio y violencia abundan. Nos arañamos, herimos, matamos. No nos reconocemos como seres humanos, todos; como hijos de un mismo Padre celestial y con una común vocación a la unidad en el Reino al que Jesús invita.
 
La tierra es una pequeña partícula en el inconmensurable cosmos; Dios nos lo ha dado para que construyamos aquí una fraternidad universal, que refleje lo que Él es: comunidad de amor. ¿En qué parece que lo convertimos? ¿En ámbito de exclusiones, en jaula de fieras? Dios nos ha creado para la comunicación y la comunión.
 
Para la unidad en la rica pluralidad de personas y grupos.
 
Venezuela es una mínima parcela dentro de este diminuto planeta, que el Dios-Amor nos ha entregado para convivirlo en paz, en progreso compartido, como casa común, hogar abierto, encuentro de seres libres y serviciales.
 
Acabamos de salir de unas elecciones. Y cuando se esperaba un respiro de serenidad para acometer con mejor ánimo la solución de tantos graves problemas y la crisis mundial que nos viene encima, suenan de nuevo trompetas de guerra.
 
Se expande un aire bélico.
 
¡Es hora ya de convertir las espadas en podaderas!






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