El dictador

Por Venezuela Real - 12 de Diciembre, 2008, 10:30, Categoría: Cultura e Ideas

MANUEL FELIPE SIERRA
El Nacional
12 de diciembre de 2008

" La tiranía es un extraño tipo de locura, pues es una enfermedad contagiosa", escribe Ramón Guillermo Aveledo en el epílogo de su libro El dictador, anatomía de la tiranía de reciente publicación. Aveledo (abogado, doctor en ciencias políticas, ex parlamentario y columnista de diversos diarios) entrega el resultado de una investigación seria y rigurosa pero, además, útil y oportuna.
 
Son microensayos complementados con microbiografías que retratan a Benito Mussolini, José Stalin, Rafael Leonidas Trujillo, Adolfo Hitler, Francisco Franco, Mao Zedong y Fidel Castro.
 
Una galería de personajes que pese a haber conocido el tamiz del juicio histórico aún ofrecen elementos nuevos para la sorpresa y la interpretación sociológica.
 
Muchas cosas los unen: sus personalidades psicológicamente dislocadas, la ambición enfermiza por el poder, la crueldad, el resentimiento, el desprecio por el adversario, la afición por la guerra, el culto a la extravagancia y también (y en ello radica la explicación de sus largos mandatos) una asombrosa capacidad para seducir y finalmente idiotizar a los pueblos.

Fascismo, nazismo, comunismo, franquismo y trujillismo terminan siendo lo mismo a despecho de ropajes ideológicos y trampas teóricas. Se trata de tiranos a secas. Por supuesto, han surgido como producto de vacíos políticos, del envejecimiento de élites gobernantes, algunos de ellos de la épica revolucionaria o de la torpeza de mandatarios incrédulos. Cada uno en su momento fue subestimado, visto como un aventurero de vuelo corto o como pieza transitoria de maniobras políticas. El resultado ya se conoce: el ejercicio despótico del mando, el sometimiento social, la liquidación de la libertad y la destrucción de sus naciones.
 
Para una reedición de su obra, ojalá Aveledo añada el caso de Robert Mugabe y su modelo de neototalitarismo en Zimbabue, quien gobierna con todos los métodos y las perversiones de los déspotas clásicos pero ha patentado un sistema electoral a su medida, que confisca y prostituye el voto para perpetuarse sin límite de tiempo, mantiene una oposición domesticada y guarda algunas formalidades seudodemocráticas, hasta el punto de que más de un gobierno todavía lo trata con sospechosa piedad. No en vano en el palacio presidencial de Harare reluce una réplica de la espada de Simón Bolívar.





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