El vicio

Por Venezuela Real - 14 de Diciembre, 2008, 17:34, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

ALBERTO BARRERA TYSZKA
El Nacional
14 de diciembre de 2008

Chávez azuzó la sed genuina de justicia social, en un país donde el petróleo resulta un poderoso combustible cultural
El libro se llama El poder y el delirio.
 
Lo firma Enrique Krauze, importante intelectual mexicano, con una hoja de vida que bien podría ocupar todas estas líneas. Según él mismo confiesa, la génesis de este libro se encuentra en el 2 de diciembre de 2007, el día en que pasó lo que a Chávez le parecía imposible: perder unas elecciones. A partir de ese momento, Krauze se dedica a leer y a investigar, viaja a Caracas, conversa con algunos venezolanos, de bando y bando, trata de tocar y de escuchar de cerca a nuestro país.
 
Este periplo de investigación y de viajes está muy bien articulado en el libro: se trata de una escritura en movimiento.
 
Es un recorrido por diferentes géneros, que igual va del reportaje al ensayo, o de la interpretación histórica a la entrevista, o del análisis ideológico a la crónica cotidiana. Es un texto híbrido, fronterizo, una "historia del presente" que adquiere y se desarrolla, también, en las formas fragmentarias del presente.
 
Por supuesto que no se trata de un turismo inocente, de una travesía guiada tan sólo por la perplejidad. Krauze es un historiador agudo. No se está estrenando en los territorios del autoritarismo. Desde hace mucho fue seducido intelectualmente por el problema del poder. Y desde muy temprano, en el libro, deja claro su interés por interpretar a Hugo Chávez y su relación con el poder, desde las claves del heroísmo, del culto al héroe. "Su hechizo popular –escribe– es tan aterrador como su tendencia a ver el mundo como una prolongación, agradecida o perversa, de su propia persona.
 
Es un venerador de héroes y un venerador de sí mismo".
 
Solemos lamentar la falta de complejidad con que a veces se observa y se analiza nuestra realidad. Dentro y fuera del país la simpleza está de moda. Con demasiada frecuencia lo que nos ocurre se despacha desde la facilidad de las consignas morales: tanto los que creen que Chávez es un santo resucitado, la reencarnación sagrada de Simón Bolívar, como los que sostienen que Chávez es el demonio, la reencarnación de Hitler, se pierden una inmensa historia, llena de matices y de contradicciones.
 
En rigor, no hay una dictadura en Venezuela. Pero, en rigor también, cada vez estamos más lejos de cualquier versión de la democracia. Vivimos en una rara mitad. Chávez convirtió su popularidad en una moderna y particular forma de tiranía.
 
En el libro, Krauze reseña bien el fenómeno, acercándolo a los ejemplos de la iglesia electrónica, a la experiencia de un teleevangelista en una sociedad hipermediatizada. Es cierto.
 
Chávez aprovechó el rating y transformó el Estado, secuestró nuestra ciudadanía. Pero eso no es todo. También ha producido cambios favorables. Después de diez años sigue teniendo altos índices de aceptación. Hay una parte del país que todavía no le perdona a las antiguas élites nacionales su desinterés y su falta de solidaridad.
 
Cuando entendieron que la desigualdad también era su problema ya el Presidente había politizado la miseria.
 
Chávez azuzó esa desesperación, esa sed genuina de justicia social, en un país donde el petróleo resulta un poderoso combustible cultural. Nada de lo que sucede en Venezuela puede separarse de una identidad que se reinventó como un sueño líquido entre los barriles del siglo XX. Nuestra naturaleza de país petrolero fue el clima perfecto para recibir al estridente fantasma que hoy recorre Latinoamérica: la antipolítica. Lo que Krauze denomina acertadamente en el libro "el suicidio de la democracia" terminó encontrando en un teniente coronel, que nunca había trabajado por cuenta propia y siempre había vivido del Estado, la respuesta más peligrosa ante la crisis.
 
Porque Chávez también encarna esa fantasía nacional: él es, en el fondo, una versión exitosa de la venezolanidad: vivir sin trabajar, con la certeza de que somos ricos gracias a un capricho de la geografía; vivir con la seguridad de que no hay que producir la riqueza, de que sólo necesitamos saber distribuirla... Krauze no descuida estas aristas. Las relaciona con nuestra historia, las pone a girar en otros contextos. No es un testigo complaciente. Sus creencias no le impiden ser crítico ni lo empujan a escamotear la pluralidad de todo este proceso.
 
Por suerte, para los venezolanos, El Poder y el delirio es un libro que no rehuye, sino que más bien atiende nuestra complejidad.
 
Quizás podría decirse que este libro, de alguna manera, también cierra con un viaje.
 
Es un epílogo que todavía no se ha escrito. El último viaje a Caracas, hace unos días, para presentar El poder y el delirio a los venezolanos. En algún momento, mientras en una cadena se gritaba "¡Uh! ¡Ah!", Enrique Krauze me comentaba sobre la dinámica adictiva del poder, sobre esa posible imagen de Hugo Chávez como una gran ludópata, dispuesto a apostar "una vez, dos veces... hasta cien veces" por la reelección indefinida.
 
No hay heroísmo en alguien que piensa que la historia es un juego de dados.
 
La enmienda es un problema de salud pública: no se le puede dar más poder a alguien que vive el poder como un vicio que no se sacia, que no puede abandonar.






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