Tercera lectura del 23-N

Por Venezuela Real - 15 de Diciembre, 2008, 11:06, Categoría: Política Nacional

ARMANDO DURÁN
El Nacional
15 de diciembre de 2008

Según Hugo Chávez es preciso votar por el Sí de la enmienda constitucional. Si no lo hacemos, él tendría que abandonar el poder dentro de cuatro años, desde todo punto de vista un imposible histórico, porque "yo", sostuvo sin el más leve temblor de la voz, "soy indispensable". Una desmesura que ningún otro gobernante ha tenido jamás la audacia de cometer. Con la excepción de Hitler, quien al parecer llegó a anunciar que "después de mí, yo". Afirmación que recogía, en pleno siglo XX, la concepción absolutista del poder dominante en Europa dos siglos antes.
 
El acoso a gobernadores y alcaldes de la oposición desatado por Chávez nada más conocerse el primer boletín del CNE, cuyo antecedente (electoralmente contraproducente) fue la despiadada campaña presidencial contra los candidatos de la oposición, y cuya manifestación más cruda (por ahora) ha sido imputarle formalmente a Manuel Rosales el delito de enriquecimiento ilícito, es la primera impugnación imperial de Chávez a los resultados del 23-N. Castigo implacable a la temeridad de disentir, acto sostenido de terrorismo psicológico encaminado a sepultar a sus adversarios en el silencio y la quietud eternos, pero también advertencia a sus partidarios sobre los peligros ciertos que acarrea la veleidad pequeño-burguesa de pasearse por la idea de llegar a pensar y diseñar el futuro individual según la voluntad de cada quien. Una visión tan deformada de la realidad y de la vida, que para desacreditar y condenar a Antonio Ledezma al desprecio público lo acusó del peor de los desafueros imaginables: querer ser presidente de la República.
 
Esta desviación fue el centro del proyecto chavista de reforma constitucional. El mismo punto que ahora Chávez ha transformado en el nervio teórico y práctico del proceso revolucionario. Yo, el Único.
 
Sin tener en cuenta que el verdadero conductor del carro de cualquier revolución auténtica es el pueblo como fuerza colectiva. Sin admitir en ningún momento que Venezuela tal vez no sea suya y que la perversión mayor de Stalin consistió precisamente en secuestrar el poder popular, encargado de llevar sobre sus hombros a la Unión Soviética al socialismo, y convertirlo sin piedad en poder personal. Exactamente como ha venido haciendo Chávez desde hace 10 años.
 
En uno y otro caso, actos claramente contrarrevolucionarios.
 
Pretender ahora eternizarse en ese poder es mucho peor. Traiciona Chávez ese socialismo igualitario y esa revolución de los de abajo que no se ha cansado nunca de pregonar y prometer, demagógicamente, a los cuatro vientos.
 
Esta es la lectura fundamental que debemos ensayar a la hora de intentar entender las elecciones del 23-N. De ahí la preocupación que surge cuando notamos la insistencia de la oposición en expresar su disposición de responder al feroz ataque presidencial con palabras de amor ciudadano. Una cosa es rechazar las aventuras golpistas y otra muy distinta autoinmolarse mansamente en las urnas de cualquier convocatoria electoral por fraudulenta que sea. ¿Acaso la resistencia pacífica y democrática no es un valor legítimo y legal de la lucha política para frenar los extravíos dictatoriales de cualquier gobernante? Cuando dirigentes tan serios y solventes de la oposición como el nuevo alcalde de Baruta, Gerardo Blyde, expresa a las puertas de la Fiscalía General de la República su "respeto" por Luisa Ortega Díaz, coautora del atropello constitucional que en ese preciso instante se llevaba a cabo por orden expresa y pública de Chávez, la inquietud dispara todas las alarmas.
 
Igual sucede cuando en ese mismo acto de politización extrema de la justicia otros presuntos dirigentes de la oposición señalaron que la decisión de enjuiciar a Rosales "pone en tela de juicio" la independencia de los poderes públicos.
 
¿Pero es que hasta ahora esos poderes, incluyendo el electoral, sí eran independientes? Esta cobardía moral (o cosas aún peores) han marcado la debilidad de la reacción opositora a la ambición de poder sin límites de Chávez. Ante el múltiple reto que ahora le presenta al país su obsesión de convertir a Venezuela en un cuartel bajo el mando de un infalible caudillo militar, ¿qué hará esa dirigencia? Votar por el No a la enmienda es una obligación irrenunciable de quien viva la democracia como compromiso político y existencial, pero nadie puede limitar su acción al simple y tradicional ejerció de votar. Como si viviéramos en un apacible escenario de normalidad democrática, cuando la realidad es muy distinta. En este nuevo referéndum, Chávez apuesta a una sola carta su porvenir político.





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